Una revolución no es más que una revuelta que triunfa, que consigue lo que quería. Por eso es tan divertido volver a escuchar el mensaje a la nación del presidente Jacques Chirac, durante los graves disturbios del 13 de noviembre de 2005 en el extrarradio de París. Los viví. El político francés decía cosas tan absurdas como que “la violencia nunca soluciona nada” o que los ciudadanos deben respetar la ley y hacer suyos los valores de la república. Como si la república francesa no hubiera nacido de la revolución y de la violencia más viva, de la eficacia de la guillotina, del vandalismo que subvierte la legalidad del absolutismo monárquico, de la determinación para construir otra legalidad mejor. No sirve de nada falsificar la historia. Los valores de la república son los de la libertad, igualdad y fraternidad, los valores que otorgan al pueblo la soberanía que antes poseían sólo los reyes. Una soberanía popular que también significa derecho a rebelarse contra el abuso de poder, contra los privilegiados que ignoran la voluntad de la sociedad expresada en las urnas, contra el inmovilismo ciego, contra los instalados siniestros, contra el falso patriotismo que se ha convertido en un negocio sucio para cuatro listos. El venerable origen de todas las democracias del mundo entero, incluida la británica, es la sanguinaria revolución que consigue la independencia de los Estados Unidos, la sanguinaria y gloriosa revolución que trae a la Francia republicana. Sin sangre no se pueden hacer morcillas. Ante la injusticia, la pobreza, la esclavitud, el clasismo, el humano de derechas se encoge de hombros y te justifica que el mundo es como es y que no lo cambiaremos ahora. Que no es posible. El humano de izquierdas hace exactamente lo contrario. Primero se indigna, claro, pero luego se calla y se pone a trabajar para hacer posible el cambio. Si no fuera por los optimistas que se propusieron, como un asunto personal, mejorar la sociedad, aún estaríamos allí dentro, quejándonos y tomando un gin tonic, en aquella cueva prehistórica.

Siempre que estalla una revuelta, como la revuelta independentista catalana, como la revolución de las sonrisas que tenemos el privilegio de conocer, hay quien trabaja para el común, para el provecho de la sociedad, y también quien sólo trabaja para su propio egoísmo. Me estoy refiriendo a este personal sin principios ni moral, los fachas de izquierdas, el grupo de los oportunistas siniestros, los que se llenan la boca de buenas palabras, como si fueran curas, pero a la hora de la verdad viven y quieren seguir viviendo en una siesta permanente. El rapero Valtònyc les ha preguntado en Twitter si piensan hacer algo por Pablo Hasél, aparte de un bonito tuit. Sobre todo teniendo en cuenta que Podemos forma parte activa del gobierno de España. Estos comunistas de salón, estos fachas de izquierda, siempre quieren quedar bien en las fotos, contribuir a mejorar la estética del planeta adormeciendo conciencias. Manipulando. Por ello coinciden en todo con los fachas de derecha, como Francisco Marhuenda quién poco antes de las elecciones confesaba por la tele: “A ver si conseguimos de una vez que ERC extinga a esta especie maléfica y turbia que es Puigdemont.” Puigdemont y su partido es el enemigo al que hay que abatir. Todos contra Puigdemont, de Vox a Podemos, de Podemos a Vox. También con la ayuda de Artur Mas. Recordemos que Pablo Iglesias se define a sí mismo como un patriota español de la misma manera que lo hace Santiago Abascal. España es la fe de ambos dos. Puigdemont, en cambio, es el enemigo número uno de España desde el primero de octubre de 2017. Por eso Pedro Farsánchez decía ayer en el Congreso que Puigdemont y los suyos son de ultraderecha. Y el multimillonario trotskista Jaume Roures, a través de ese hospital de pobres suyo llamado Institut Sobiranies —donde comen caliente los insobornables Xavier Domènech, Quim Arrufat, Anna Gabriel, Gala Pin, Gemma Ubasart o David Fernández— participa también de la demonización política, de Junts per Catalunya. Se ve que al multimillonario Jaume Roures no le basta con los programas de teletrés que controla, se ve que no hemos votado lo que él quería. Debe convencer a Catalunya entera de que la vida será maravillosa cuando el independentismo de Carles Puigdemont y de Laura Borràs se borre del mapa. Cuando el independentismo, que acaba de ganar las elecciones, quede tan inoperante, y sus dirigentes tan peleados entre ellos, que sea como si hubiera ganado Salvador Illa-Isla (PSC-PSOE).

Valtònyc hace tiempo que advirtió acerca de las mentiras de estos políticos farsantes. Cuando Pablo Echenique —el dirigente de Podemos que tenía contratado a un trabajador en negro— le recriminó que fuera amigo de Puigdemont, el rapero mallorquín fue bastante ilustrativo. Su tuit decía esto: “Hay peña exiliada y en la cárcel por arriesgar privilegios, eso es revolucionario. Vosotros sólo vaciasteis las calles, maquillasteis al régimen y mejorasteis vuestras vidas.”

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