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Como buen catalán, el domingo me levanté muy temprano, muy temprano, y mientras paseaba a la perra con las bolsas de cagar en el bolsillo y la botella de agua en la mano, decidí tomar un café en un bar de la plaza del Centre del barrio de Sants. La dueña del local era una mujer china y cuando le pedí un café doble en un correctísimo catalán neutro, me miró como si yo le estuviera hablando en urdu. El intercambio de miradas duró unos segundos, hasta que yo decidí pedirle un "café doble" y entonces sí que me entendió. La solución radicaba en la castellanización de la "e" y cuando volvió —eso sí, de muy buenas maneras— me dijo que ellos eran extranjeros y que lo primero era el español. A pesar de que sé, por experiencia, que enfrentarse a este mal tan barcelonés que se extiende como una mancha de aceite por toda Catalunya te convierte en un Quijote luchando contra molinos de viento, decidí seguir hablándole en catalán, también de buenas maneras, pero reconociendo, en mi psique interior de catalán cabreado casi charnego, que esto de pedir en catalán un café en Barcelona se está convirtiendo en una verdadera quimera. Mi curiosidad, propia de un barcelonés, es saber la razón por la cual aquella dueña entiende la demanda de un café doble pronunciado en todos los acentos expatriados, menos cuando se lo dices en catalán. Un problema que también suelen tener los sudamericanos, capaces de entender el significado de un double coffee pero no el de un café doble. Una curiosidad muy barcelonesa.

Una amiga mía, profesora de educación infantil, me explicó que alumnos suyos catalanohablantes, cuando se reúnen a la hora del patio para jugar, entre ellos hablan castellano. Y cuando les pregunta la razón, los niños, sin ninguna connotación política, le contestan que lo hacen porque el castellano es más guay. Esto de guay es, bien mirado, una expresión que gusta mucho a los modernitos y, sobre todo, a toda esta nueva izquierda eco guay, que son, en parte, los inductores de este nuevo mantra que asegura que el castellano es mucho más guay que el catalán, seguramente, por la ecomulticulturalidad que abanderan como si fueran los hijos putativos de L.L. Zamenhoff, el "Doktoro Esperanto", que inventó un idioma para unir a los pueblos del mundo. Estos nuevos esperantistas ecoguays han preferido el castellano que el esperanto por una cuestión, supongo, de practicidad y pereza. No hace mucho tiempo, o quizás sí —porque el recuerdo llega como una pesadilla proveniente de eco-Mordor— nos gobernó una alcaldesa ahora reinventada en salvapatrias, que hacía vídeos chupiguays en castellano destinados a convertirla en un tótem populista. Con aquella elección tan premeditada, la ya líder de Frente Amplio nos decía que había un idioma útil y otro inútil si querías triunfar en la vida, y con el sobreañadido de que una lengua era burguesa y pertenecía a la clase explotadora, y el otro era universal y el referente de la lucha social emancipadora que ella abanderaba. En definitiva, había una gran dosis de mezquindad oportunista.

El amor que el barcelonés tiene hacia su ciudad se está diluyendo por una riada de nuevos ciudadanos que podrían vivir aquí como podrían hacerlo en Zaragoza

Otra curiosidad muy barcelonesa es el orgullo neurótico que tiene el barcelonés hacia su ciudad, capital con la que profesa un amor ambivalente, a veces tóxico, como uno de esos amores que viajan entre la cordura y la locura. Y este amor que el barcelonés tiene hacia su ciudad se está diluyendo por una riada de nuevos ciudadanos que podrían vivir aquí como podrían hacerlo en Zaragoza, una pérdida de identidad que puede acabar arrastrando Barcelona hasta convertirla en una ciudad irrelevante como la capital de Aragón. Si a un barcelonés espiritualmente de pura cepa le queman el Saló de Cent como lo han hecho los salvajes bautizados ya como los anti-Francia con el ayuntamiento de Limoges o el Marché des Enfants Rouges de París, le daría una depresión de las llamadas de caballo. Pero esta curiosidad tan barcelonesa, esta relación de amor casi tóxica con su ciudad, está desapareciendo con una nueva hornada de barceloneses que ven Barcelona plana y descontextualizada, en gran parte, por unas redes sociales que llevan la mirada hacia horizontes desenfocados.

En estos momentos, vivimos en una ciudad parecida a la que retrató Mendoza en Sin noticias de Gurb, porque puedes cruzar Barcelona saltando y cayendo de zanja en zanja hasta la derrota final. Sin embargo, el ciudadano vive la implosión urbanística con la paciencia intacta por una razón altamente barcelonesa: la promesa de vivir en la más bien plantada de las ciudades que se hacen y se deshacen. A la vez, el barcelonés vive todavía en la depresión causada por los mandatos de Ada Colau y la conversión de Madrid en una ciudad cosmopaleta, desacomplejada, anabolizada de dinero estatal y catapultada por los medios de comunicación centrípetos que viven de las subvenciones provenientes del Ayuntamiento, la Comunidad y el gobierno central. El círculo virtuoso. Como barceloneses, podríamos protestar alabando nuestro modelo de ciudad, pero volvemos de Madrid deslumbrados por las cañitas y las luces de los teatros de la Gran Vía cuando, en el fondo, todos estos musicales son sucedáneos de los grandes musicales de Londres o Nueva York, y tienen la prestancia de aquellos Rolex falsos que se pusieron de moda en la década de los ochenta. La cultura de la apariencia. Madrid nos deslumbra por su costosa grandilocuencia de oropel, y somos capaces de volver a Barcelona convencidos de que la oferta teatral de Madrid es muy superior que la de aquí. Una mentira incubada a fuego lento por toda una intelectualidad cortesana, que considera el catalán un idioma de segunda y, por lo tanto, desprecia la oferta teatral en catalán aunque lo que haya sobre el escenario del Teatre Nacional o del Lliure sea una obra de Ibsen o Beckett. El deslumbramiento provinciano que provoca a un barcelonés el nuevo-riquismo de Madrid es otra curiosidad muy barcelonesa. Trataron de robarnos la autoestima con la dichosa Movida, y lo han conseguido con nocturnidad y alevosía a lo largo de este primer cuarto del siglo XXI. Nos han machacado tanto el cerebro llamándonos provincianos, que somos ciudadanos de una ciudad magnífica, la más cosmopolita de todo el Estado, pero tenemos alma de provincianos. Una peculiaridad muy barcelonesa, de la nueva Barcelona, como también lo son los pijos y su creencia de que hablar castellano es más fino, herencia de la Barcelona vieja y oligárquica que hizo alcaldesa, por cierto, a la representante de la nueva política. Los polos se atraen cuando se trata del catalán.