La manera en que "celebramos" la muerte es indisociable de la manera en que colectivamente entendemos la muerte. Escribo "celebramos" porque, más que celebrarla, lo que históricamente han hecho los catalanes ha sido recordar a sus difuntos. Parece un matiz caprichoso, pero no lo es. Fosas adornadas con cruces, huesos y calaveras; cocas y panes que servían de ofrendas para las animitas o para la Iglesia; visitas al cementerio, candelas para los difuntos muertos ese año, y la creencia de que, el Día de Todos los Santos al mediodía, las almas que habían traspasado hacía poco salían del purgatorio para pasar unas horas con sus familiares vivos. El fuego encendido para que se sintieran acogidas, un lugar y un plato en la mesa para el difunto. A medida que la sociedad catalana se ha ido secularizando, a medida que la fe que sostenía muchas de estas prácticas tradicionales ha ido languideciendo, parece que algunas festividades han acabado perdiendo su razón de ser. No es arriesgado afirmar que hoy muchos piensan en la Castanyada estrictamente en términos gastronómicos: en boniatos, castañas y panellets. Y en Halloween como en una especie de carnaval de otoño.
Sin herramientas para enfrentarse a determinadas incógnitas, hoy muchos eligen —ingenuamente— eliminar el sufrimiento de sus vidas. O eligen intentarlo. La idea de que el sufrimiento es intrínsecamente malo y que hay que esquivarlo siempre que nos sea posible, sin embargo, nace truncada cuando el sufrimiento parte de un absoluto, de un acontecimiento inevitable: la muerte de alguien que amamos, por ejemplo. Es cuando la vida nos planta delante de un dolor que solo puede ser atravesado —y no bordeado— que nos damos cuenta de que la mitad de nuestra pena es la soledad. El dolor íntimo pesa doblemente a causa de la incomprensión que carga. En una sociedad, en una época, en un contexto en el que la muerte está en los medios con afán puramente sensacionalista, en el que el pacto colectivo que nos permitía tratarla colectivamente se ha roto, en el que parece que nadie recuerda que celebramos la Castanyada porque al día siguiente es Tots Sants, nuestro trato con la muerte ha quedado limitado al despacho del psicólogo. Pagando cincuenta, sesenta, setenta euros la hora, intentamos romper la condena de la soledad y la incomprensión. Hacemos el duelo procurando no molestar. Antes dejábamos un plato en la mesa por si el difunto volvía y ahora, en muchas familias, la mesa se reorganiza y, en silencio, se digiere la ausencia deseando que los años la hagan menos presente.
A medida que la sociedad catalana se ha ido secularizando, a medida que la fe que sostenía muchas de estas prácticas tradicionales ha ido languideciendo, parece que algunas festividades han acabado perdiendo su razón de ser
Hablamos de la sustitución de la Castanyada por Halloween, pero en realidad el quid de la cuestión es el mismo. La Castanyada y Halloween son dos fiestas que, de raíz, fijándonos en la práctica de nuestros ancestros, no son tan lejanas: ambas quieren ser preludio del retorno de los difuntos. Ambas quieren, sobre todo, que este retorno sirva para recordarlos. De la primera queda la gastronomía; de la segunda quedan costumbres importadas de Estados Unidos, disfraces y una afición por la juerga que no acaba de casar con el sentido original de la cosa. En el caso de los catalanes, la muerte no está en el escenario. En el caso de los forasteros, la muerte es un zombi o una momia y la posibilidad de hacer el gamberro con los amigos por primera vez llamando al timbre de los vecinos. Una vez extirpada la fiesta de su sentido, el enfrentamiento entre la Castanyada y Halloween se hace, simplemente, en términos de diversión. Sometidos, vestiremos a nuestros hijos con ropas estrambóticas del bazar y les desearemos que se lo pasen bien cuando salgan por la puerta. Y cuando toque ponerlos a dormir y quieran saber "¿qué pasa cuando te mueres?", no sabremos qué contestarles. Cuando nos pregunten "¿pero, dónde está el abuelo?" el día que vivan la pérdida en la propia piel por primera vez, no sabremos qué decir. Cuando les den miedo los cementerios, no sabremos cómo acompañarlos. Y si todas estas incógnitas se acaban convirtiendo en malestar, llamaremos al psicopedagogo para que nos eche una mano. Y traspasaremos el afán por la jovialidad y el disfrute, pero también traspasaremos el silencio. ¿Quién quiere recordar colectivamente a los muertos, en una sociedad en la que la muerte se ha convertido en un asunto privado?
