En Barcelona se concretan muchas de las batallas que libra el país de un modo más crudo que en ningún otro sitio: el modelo económico, el modelo turístico, la inmigración, la lengua, la vivienda, la españolización de los referentes literarios —concretamente— y de los referentes culturales en general. Barcelona es el vértice donde se reflejan —causa o consecuencia del centralismo— la mayoría de los debates que acaban ocupando el centro de la conversación política del país. Quizás es por esto que es precisamente en la capital de los catalanes donde también se manifiesta el desbarajuste ideológico de fondo que hace años que caracteriza a Junts. Estos días ha trascendido que Junts busca alcaldable y que no encuentra a nadie con suficiente talla, ni suficiente carisma, ni suficiente nombre, ni suficiente cabeza para convertirse en el agente idóneo. Josep Rius y Jordi Martí Galbis son las figuras de partido disponibles y, desengañémonos, son perfiles más bien discretitos y grises que no cuentan con el don para el espectáculo y el teatrillo —y la exhibición, y el alboroto, y el ejercicio de fuerza— que requiere una campaña por Barcelona. 

Quiero pensar que precisamente porque en el partido son conscientes de esto, escribo que la posición de alcaldable de Junts en la capital se ha convertido en una especie de ofrecimiento que desde el partido se hace a personalidades conocidas por el convergente cultural, por el señor de Barcelona que ni sigue ni quiere seguir las batallitas de partido. En Junts piensan que el alcaldable de Barcelona debería ser alguien a quien no hubiera que presentar en sociedad, con una imagen y un capital social y político propio desligado del partido; esto es, con un capital desligado de la marca de Puigdemont. Artur Mas y Tatxo Benet son los hombres a quienes se ha ofrecido la opción en una bandejita, pero ambos han declinado. Este tipo de subasta lastimosamente pública explica la percepción que se tiene en Junts sobre los sambenitos que lleva colgados la marca de partido, pero también es una exposición de prioridades: hace falta alguien que entierre los debates y los ridículos del procés como hizo Trias, que sea el hombre del poder como aspiraba a serlo Trias —y como lo es Collboni, por cierto—, que no renuncie a la catalanidad de la capital, pero que, a la vez, pueda ser garante de la estabilidad política que ha traído la derrota, la renuncia y la pacificación. Que se aproveche del momento actual sin cuestionarlo, vaya. 

En Junts piensan que el alcaldable de Barcelona debería ser alguien a quien no hubiera que presentar en sociedad

A menudo lo olvidamos, pero Junts ganó las últimas elecciones en Barcelona. Lo hizo escondiendo las siglas y resolviendo —o ahogando— todos sus debates internos en un liderazgo personal. Esta última argucia es la misma que les sirve en el plano nacional para refugiarse en el “mañana será otro día”. Junts es el único partido que no ha presentado alcaldable en la capital porque, habiendo constatado que existe un poso convergente latente que sí salió a votar a Trias, todavía no ha encontrado al candidato que pueda volver a aglutinarlo. El resentimiento personal de Trias contra Ada Colau daba forma de una forma simple, emocional y un punto abstracta al resentimiento de todos los que veían en Colau la causa de la degradación sin freno de la ciudad. Escribo “un punto abstracta” porque aquel resentimiento, o incluso aquella rabia y frustración personales de Trias, eran debidos a las mentiras de España de las que Colau se había servido para deslegitimarlo. Da la sensación, sin embargo, de que para muchos de los electores bastaba con la capitalización del resentimiento contra Colau, independientemente de la causa, para votar a Trias.

Ahora todo esto es polvo, y al desguace ideológico de los juntaires hay que añadir que lo que podría diferenciarlos, hacerlos destacar y marcar la agenda —explotar la diferencia identitaria con Collboni— es lo mismo que los aleja de una parte del electorado que movilizó Trias. Lo único que tiene Junts como reclamo electoral, todavía hoy, es Carles Puigdemont. Y es un reclamo que, para las municipales en la capital, con los partidos del procés hundidos en una crisis de credibilidad y la idea de independencia infamada por los propios líderes independentistas, no sirve. En Barcelona también se concretan y se manifiestan los movimientos tectónicos de los partidos, y Junts intenta paliar los efectos de una crisis que hace demasiado tiempo que se alarga buscando una celebrity. Y picoteando en la agenda de Aliança Catalana como quien tapa la obviedad de que en Junts no queda nadie con la capacidad de originar ideas para enderezar el país. Necesitan a alguien que logre hacer olvidar a los votantes que Junts es Junts, que pueda jugar bien una maniobra de distracción múltiple: desligada de los lastres del partido y desligada de los lastres del país. Y en el fondo de esta necesidad, se revelan las preguntas que el partido que se esconde de sí mismo no puede responder sin definirse: “¿quiénes somos?” y, sobre todo, “¿qué tenemos por ofrecer?”.