Desde este mes de marzo la ciudad de Barcelona tiene una nueva placa de recuerdo y homenaje a un personaje relevante de la ciudad. Se trata de Carmen de Mairena, una persona que se hizo conocidísima durante los años noventa por sus apariciones televisivas y su talante particular. Su nombre real era Miguel Brau Gou y nació en 1933 en Barcelona, durante la Segunda República española. El Ayuntamiento de Barcelona ha colocado una placa en el lugar donde vivió, en la calle de Sant Ramon, donde dice que era una “luchadora por los derechos de las personas trans”. No hace falta decir que yo no tengo nada en contra de esta persona; al contrario, siempre me generó la empatía que me provoca la gente que es objeto de burla y escarnio público. A lo largo de la historia se ha hecho burla de los tullidos y de la gente con pocas luces, sin que nadie los defendiera y ante la risotada general. Porque no nos engañemos: ahora resulta que esta activista trans merece todos los elogios, pero cuando salía por la televisión todo el mundo se reía al día siguiente en el trabajo o en el patio de la escuela. Cabe decir que Carmen de Mairena ayudaba a crearse esta fama, como el día que salió al escenario, durante un concierto en la capital del Pla d’Urgell, y proclamó: “Buenas noches, Mollerussa, en el coño tengo pelusa”.

Explico todo esto porque, más allá de Carmen de Mairena y su trayectoria más o menos interesante, la colocación de su placa deja al descubierto el enfoque y la intención de las políticas relativas a la memoria histórica de nuestra capital. Nada es gratuito, ya lo sabemos. Todo se hace siempre con una intencionalidad. Carmen de Mairena y todo lo que representa es del todo inofensivo en el momento político actual. Por lo tanto, tiene derecho a tener una placa. Ahora bien, cualquier acción, personaje o acontecimiento con alguna connotación catalanista no merece el interés de las autoridades municipales, especialmente si es anterior a la Segunda República y la Guerra Civil. A no ser, claro, que tenga relación con el sindicalismo, las artes, la lucha por los derechos de las mujeres, la medicina o cualquier otro ámbito que no colisione con la doctrina política imperante. Pero todo lo que tenga relación estrictamente con el nacionalismo, la reivindicación nacional, el catalanismo o el independentismo no tiene cabida en el espacio público. Como tampoco lo tiene cualquier persona que tenga una posición política de carácter conservador, liberal o democratacristiano. Costó Dios y ayuda que la ciudad pusiera un monolito dedicado a Winston Churchill, y solo fue posible bajo el mandato de Xavier Trias. Hoy sería imposible que nuestra ciudad dedicara un rincón a la persona que más hizo para derrotar el nazismo en defensa de la democracia y la libertad.

Heribert Barrera no tiene ninguna vía ni ninguna plaza dedicada porque era independentista y porque dijo que “la inmigración es la principal amenaza a la que se enfrenta Catalunya”

Todo esto que digo no es una teoría. Podemos poner ejemplos prácticos. Hace años que se aprobó la colocación de una placa en el lugar donde mataron a los hermanos Badia en abril de 1936 en la calle de Muntaner o dedicar unos jardines en Sarrià al periodista catalanista Eugeni Xammar. Ninguna de las dos iniciativas, ya aprobadas, se ha materializado nunca con la colocación de ninguna placa. Cuando se ha preguntado sobre estas cuestiones, el Ayuntamiento de Barcelona ha hecho oídos sordos y ha mirado hacia otro lado. Un caso más sangrante aún es el hecho de que Heribert Barrera, que fue president del Parlament de Catalunya, presidente de honor del Ateneu Barcelonès, soldado de artillería de la República y secretario general de la FNEC, no tiene ninguna vía ni ninguna plaza dedicada, a pesar de haber nacido en Barcelona y haber recibido la Medalla de Oro de la ciudad. ¿Por qué no tiene ningún reconocimiento? Porque era independentista y porque dijo que “la inmigración es la principal amenaza a la que se enfrenta Catalunya” (una idea que muchos podemos llegar a compartir, hoy). Por lo tanto, Barrera no encaja dentro del molde político impuesto por socialistas y Comuns y su memoria debe ser borrada para siempre. Vaticino que, si siguen gobernando la ciudad estos mismos, el president Jordi Pujol nunca tendrá ningún homenaje ni recuerdo en Barcelona. Por eso, también, nadie ha movido un dedo cuando desapareció la placa dedicada al creador de la estelada, Vicenç Albert Ballester. Por eso, también, se dio un enfoque diferente al yacimiento del Born. Y por eso cae a pedazos la capilla de los Segadors de Sant Andreu, que debe el nombre a los segadores que sacaron de allí la figura del Santo Cristo para iniciar la revuelta de 1640. Todo lo que haga referencia a 1714 o 1640 debe ser eliminado, difuminado, aventado. Estorba.

Esta forma de proceder evidencia un provincianismo que tumba de espaldas. Cuando alguien pasea por Londres o París, no puede evitar ver los miles y miles de placas que existen por todas partes, indicando al viajero quién vivió en tal edificio o quién fue abatido en tal esquina. No importa quién era, qué hacía o cómo pensaba: lo relevante es tener una ciudad viva, con un pedazo de memoria en cada pisada. Barcelona es un lugar habitado desde el Neolítico y, por tanto, la historia de la ciudad es la historia de la misma humanidad. No todas las ciudades pueden decir lo mismo. Por tanto, las historias que han pasado y los personajes que han vivido allí son infinitos. Lo que yo espero de un ayuntamiento democrático con conciencia histórica es que haga todo lo que pueda para impregnar cada piedra, cada fachada y cada baldosa de historia colectiva. Hacerlo parcialmente y solo con lo que se ajusta al color político de turno tiene un nombre: sectarismo y manipulación de la memoria histórica. ¿Queremos esto para nuestra ciudad? Yo digo no.