Que el PSC, y muy especialmente este PSC descafeinado, instalado en una espeluznante mediocridad y totalmente entregado a cultivar la ideología del poder, que este PSC precisamente, el peor de la historia, hable de “voluntad transformadora” y de “dar un horizonte a Catalunya” es un mal chiste. De hecho, dado lo trinchado que está el país, directamente es humor negro.

El PSC no solo no tiene ningún proyecto para Catalunya, más allá de mantenerla dócil y silenciada en su condición de región española, sino que se ha convertido en el instrumento del Reino de España para conseguir que no vuelva a levantarse. Es el gran deconstructor de la nación catalana, la mano ejecutora del proyecto del PSOE. No hay que olvidar que, a pesar del pavor que da el PP (con razón), el PSOE ha gobernado España muchos más años que el PP, nunca ha fallado en perseguir la lengua catalana, ha sido el que más nos ha estafado y ha traicionado las promesas, y nunca le ha temblado la mano a la hora de avalar los momentos represivos. Que no nos afeiten a estas alturas con discursos grandilocuentes sobre pluralidades y periferias, porque no hay un partido más español en el sentido jacobino del término, que el PSOE.

Al fin y al cabo, el socialismo español recoge el legado del liberalismo del XIX que, en su lucha contra el absolutismo de la época, inspiró la famosa Pepa, la Constitución de 1812, progresista en términos de derechos individuales, pero una auténtica guillotina en lo que respecta a los derechos catalanes: planteaba un centralismo extremo, con todas las leyes dictadas obligatoriamente desde Madrid, y sin ningún reconocimiento jurídico e institucional de Catalunya; unificó los fueros, destruyendo cualquier sistema fiscal diferenciado, y lejos de recuperar las Cortes Catalanas (aniquiladas con el Decreto de Nueva Planta), impuso la Diputación Provincial de Catalunya, un órgano de poder totalmente subordinado al gobierno central. Desde la perspectiva de los derechos catalanes, fue el inicio de un centralismo voraz que ya no abandonó nunca España.

Ha expresado el deseo de mantenerse en el poder durante muchos años, convencido de que con diez años más de paz de los cementerios habrá conseguido destruir el anhelo nacional de los catalanes. Esta es la amenaza: tiempo para poder desnacionalizar la nación

Esta es la trágica contradicción que hemos sufrido los catalanes a lo largo de nuestra traumática relación con España: todos los movimientos liberales, progresistas y revolucionarios españoles han sido profundamente reaccionarios a la hora de plantear los derechos colectivos. Si la derecha española es uniformadora, la izquierda también; si es centralizadora, la izquierda también; si ha reprimido los derechos catalanes, la izquierda también. Fuera bueno recordar la historia para no caer en las trampas retóricas que nos plantean los trileros actuales.

Por todo ello, las declaraciones histriónicas de Salvador Illa —siempre tan sobrepuesto y enfático cuando vende humo— son tan vacías de contenido como insignificantes. Habla de “voluntad transformadora”, un partido que no es capaz de tener una sola idea que cambie la vida de los catalanes, que ayudó a destruir el movimiento transformador —este sí— del Primero de Octubre, y que solo se mueve en favor de los intereses del Estado. Illa ha transformado la Generalitat en una mera Diputació, de la misma manera que no actúa como un presidente, sino como un gobernador civil. Por eso estas declaraciones con pretensiones son pura vacuidad. No es menor, en cambio, el deseo que ha expresado sin ningún pudor: mantenerse en el poder durante muchos años, probablemente convencido de que con diez años más de paz de los cementerios, habrá conseguido destruir el anhelo nacional de los catalanes. Esta es la amenaza que Illa dirige a la nación catalana: tiempo para poder desnacionalizarla. Por eso no quiere elecciones, por eso lo avalan los poderes fácticos, y por eso mismo se mantendrá aferrado a la silla, si ERC se lo sigue permitiendo. Tiene una misión, es legendaria, es patriótica, es sagrada: acabar con el problema catalán. Él lo llama “ordenar” Catalunya, lo cual, en catalán de Fabra, significa “someterla”.

Pone el punto final con una frase de Jürgen Habermas, el gran filósofo que acaba de morir: “Ningún ejercicio del poder es legítimo si no se somete al escrutinio público”. No creo que Illa lo haya leído mucho.

Por cierto, en modus addenda: recomiendo leer el debate que tuvo Habermas con Benedicto XVI en 2004, una maravillosa reflexión sobre la razón y la fe, tan necesaria en este tiempo de ayuntamientos que envían misivas sobre la música y el baile a las escuelas en tiempo de Ramadán, no fuera a ser que se molestara el Islam. Más burros y no nacen.