No sé si la entrevista que he leído de Elisenda Alamany, actual secretaria general de ERC, es una broma raquítica o es un monumental acto de cinismo. Que el partido que ha dado vueltas como una peonza, que ha pasado de ayudar a construir un bloque independentista a investir como president de la Generalitat a un defensor del 155, que tiene un tal Rufián al que solo le preocupa salvar la izquierda española, que tiene un tal Tardà que dice que haber creado Junts pel sí era tragarse un sapo, que ha protagonizado un vergonzoso escándalo de creación de fake news para hundir a los adversarios, y que ha dejado todo su electoral destrozado, que este partido le diga a Junts que “está completamente desorientado” y que “sus votantes no entienden nada” es sencillamente extraordinario. Y no porque Junts no tenga que revisar estrategias y hacer los deberes, sino porque ERC ha virado de tal manera y ha renegado con tanta alegría del independentismo, que haría bien en mirar hacia dentro sus miserias, antes de querer resolver las de los demás. Siempre es sorprendente la soberbia con la que actúan los partidos, en general incapacitados para asumir las fechorías que hacen.
Sin embargo, lo más estridente de su entrevista no es la evidente ceguera que demuestra hacia la mezquindad de su propio partido —cosa la cual, a estas alturas ni siquiera es relevante—, sino la enésima utilización del espantajo de la extrema derecha para denigrar al adversario político. Calificar a Junts de partido con tics de extrema derecha no solo es una maldad ideológica, sino que denota hasta qué punto una ERC que ha perdido el norte de sus objetivos, necesita el populismo más demagógico para poder justificar su deriva. No hace falta decir que, además, es una maldad ideológica dada la enorme brutalidad con que esta ideología ha castigado el catalanismo en toda su historia, y el independentismo en la actualidad. Hay que tener una cara considerable y una falta absoluta de decencia política, para tildar a la gente que apoya a Puigdemont de fascistas. Porque es de eso de lo que habla Alamany, con una frivolidad que da escalofríos.
Calificar a Junts de partido con tics de extrema derecha no solo es una maldad ideológica, sino que denota hasta qué punto una ERC que han perdido el norte de sus objetivos, necesita el populismo más demagógico para poder justificar su deriva
Hay dos componentes que convierten las declaraciones de Alamany en perversas. La primera es la banalización permanente del fascismo que hace determinada izquierda, con los Comuns y Podemos liderándolo. El mal que hace este abuso del término para atacar a los adversarios tiene una doble consecuencia: convierte el fascismo en una tontería y anula completamente la fuerza de la acusación. Nadie en este país que sea mínimamente decente consideraría a Turull, a Rull, a Miriam, a Boye, a Alay y no hace falta decir a Carles Puigdemont, como gente cercana a la extrema derecha. Lo sabe Alamany y, sin embargo, no le importa ensuciar el nombre de líderes demócratas con una acusación perversa. Algún día habrá que analizar esta banalización del fascismo por parte de la izquierda, una izquierda, por cierto, que nunca ha hecho la crítica al totalitarismo que ha congregado en su bando ideológico. El fascismo de izquierdas, de otro modo llamado comunismo, ha matado tanto como el otro, pero siempre desaparece de la ecuación. Vete a saber cuántos de los nuevos “amigos” del Rufianismo no lo defienden directamente.
La otra cuestión es el presunto “motivo” que mueve a Alamany a decir esta barbaridad: la posición de Junts hacia temas delicados como inmigración, okupas, estrategia económica. ¿Desde cuándo defender la soberanía con el tema inmigratorio o luchar en favor del derecho a la propiedad, o estar en contra de las medidas delirantes que se le ocurren a Yolanda Díaz, desde cuándo todo ello tiene algo que ver con la extrema derecha? ¿O es que ahora tener posiciones liberales en términos económicos, o defender la economía productiva, o a los propietarios, es un tic fascista? Lo peor es que estos que rápidamente colocan la etiqueta de fascista a cualquier propuesta que aborde los temas tabú, son los mismos que practican un buenismo patético, sin ninguna capacidad de dar respuesta y que acaba siendo, por inútil, profundamente reaccionario.
Finalmente, la guinda de la entrevista: la queja de la señora Alamany porque Junts no les ayuda con sus “estelares iniciativas”, como el “nuevo” sistema de financiación, o el “traspaso” de Rodalies, sin recordar lo que todos sabemos: que son auténticas patrañas que no van a ninguna parte, y que no resolverán los problemas de Catalunya, sino que los perpetúan. ERC está jugando al autonomismo más básico —muy por debajo del convergente histórico—, y tiene la desfachatez de tildar a los que no les hacen seguidismo, de ir contra los intereses catalanes. Deben ser los mismos intereses que han defendido los republicanos en el acuerdo con Salvador Illa: la silla de la presidencia por el plato de lentejas de mantener unos cuantos centenares de cargos en nómina. Es bien cierto lo que dice el dicho popular: le dijo la sartén al cazo: "¡Quítate de ahí, que me tiznas!"