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El 29N parece estar lejos, y desde luego lo está desde la perspectiva política. Cuando esto que escribo vea la luz, aún no sabremos el final del sainete que la izquierda de la izquierda del PSOE ha protagonizado, una serie de corpúsculos inidentificables para el ciudadano medio que, aun siendo lego en materia política, sin duda apreciará que la disputa es entre odios, nombres y sillas, y no en cuanto a un programa político que pueda distinguirlos de este PSOE de hoy, ya de apariencia radicalizada, aunque sus integrantes esperen que la derecha obstaculice todos los planes que dicen querer poner en marcha (un ejemplo de esta semana lo tenemos en Montse Mínguez, a cara de perro cada vez que alguien le habla de lo que dice que son asuntos personales). Con mucha menor malicia, esa izquierda de la izquierda lava sus trapos sucios en la corrala teatral que son las redes sociales, poniendo en cada nuevo post cara de no haber roto un plato y de haber llegado ayer, amén de haber conseguido la fórmula mágica que arreglará todos nuestros males en un tiempo récord, aunque en el pasado no lo hayan hecho, y siempre esto último por culpa de fuerzas políticas externas y de la desleal falta de colaboración de la oposición.

Las componendas que se apuntan en el Frente Amplio hacen esa amplitud soberanamente limitada, y si a ello añadimos el desconcierto que debe anidar en los votantes de ERC por el papel que está haciendo la vedet del partido en favor del otrora enemigo Podemos, se hace poco descabellado pensar que todas esas maniobras benefician sobre todo al PSOE, hasta el punto de hacer comprensible preguntarnos si algunos de sus protagonistas no lo habrán hecho a propósito o simplemente por propiciar un momento futuro que dé cobertura a su existencia y a su economía. Al final, se trata de conseguir los votos suficientes para que el protagonista del cartel y alguno más consigan el ansiado escaño. Por supuesto, crecer es un objetivo, pero antes que nada se encuentra el estar. Y en ese estar se produce la lucha por el lugar.

Al final, se trata de conseguir los votos suficientes para que el protagonista del cartel y alguno más consigan el ansiado escaño

Me imagino a un votante de izquierdas, de esos que jamás votarían a la derecha y que ahora mismo siente que el PSOE y sus familiares, prostitutas, joyas y chistorras lo han decepcionado (como en otro momento lo pudo hacer el PP con los suyos). Me lo imagino convencido del espectro político al que votar, pero incapaz de distinguir, excepto por la cara en el cartel, quién es quién y qué quiere conseguir cada cual. Sin duda, algunos de ellos acabarán volviendo a votar a Sánchez. ¿Será ese el cálculo que ha hecho Tezanos para publicar unos resultados del CIS que vuelven a dar una inmensa mayoría de votos a Pedro Sánchez? ¿Está preparando la verosimilitud de un escenario de victoria estrecha que, producto o no de la manipulación del voto, se pueda dar? No me parece verosímil en nuestro escenario político presente que ninguno de los dos grandes partidos estatales, menos aún del resto, tenga capacidad para manipular un proceso electoral donde interviene el control de tantos agentes externos. Pero sí puedo imaginar un contexto en que cualquiera de ambos partidos, a la vista de un resultado indeseado, pueda deslizar la sombra de la duda sobre el electorado, algo harto más fácil en el caso de que la victoria sea estrecha. A eso juegan ahora todos esos actores, a poder conducir el relato el día 30 N con independencia de cuál sea el número final de votos que cada cual conquiste. La victoria del otro será siempre objeto del combate de los nuestros, viene a decir cualquiera de ellos. Y en ese combate vemos quién pierde, olvidado de todos esos que le atribuyen la dignidad democrática del voto.

Y mientras ellos gesticulan, la sombra que a su derecha emerge se ha hecho cada vez mayor.