Durante años se ha repetido que cambiar pronto de marcha y circular siempre a bajas revoluciones era la mejor forma de ahorrar combustible y cuidar el motor. Sin embargo, los mecánicos insisten en que esa idea no siempre es correcta. Llevar el propulsor constantemente por debajo de su régimen ideal puede provocar un mayor esfuerzo mecánico, reducir la eficiencia e incluso favorecer determinadas averías con el paso del tiempo.
El principal problema aparece cuando el motor trabaja "ahogado". Es decir, cuando circula con una marcha demasiado larga y pocas revoluciones. En esa situación necesita realizar un esfuerzo mayor para mover el coche. El resultado son vibraciones, una respuesta más lenta al acelerar y una carga adicional tanto para el motor como para la transmisión. Lejos de protegerlos, ese hábito puede acelerar su desgaste.

Los expertos y fabricantes recomiendan no circular siempre a bajas revoluciones
Además, tampoco está demostrado que siempre reduzca el consumo. En una pendiente, por ejemplo, mantener una marcha larga obliga a pisar más el acelerador para conservar la velocidad. Lo mismo sucede al realizar un adelantamiento. Si el motor gira demasiado despacio, tardará más en responder y necesitará un mayor esfuerzo para ganar velocidad. En muchas ocasiones, bajar una marcha resulta más eficiente y también más seguro.
Otro aspecto importante afecta a la combustión. Cuando el motor trabaja muy por debajo de su régimen óptimo, la mezcla de combustible puede quemarse de forma menos eficiente. Esto favorece la aparición de depósitos de carbonilla en distintos componentes, perjudicando el rendimiento del propulsor y aumentando las posibilidades de sufrir averías a medio y largo plazo.

Aumentarán las visitas al taller
En los motores diésel, además, el problema puede ser todavía mayor. Sistemas como el filtro de partículas (FAP) o la válvula EGR necesitan alcanzar una determinada temperatura para funcionar correctamente. Si el coche circula continuamente a pocas revoluciones y apenas genera calor, estos elementos pueden obstruirse con mayor facilidad, dando lugar a reparaciones que suelen ser costosas.
Eso no significa que conducir a pocas revoluciones sea siempre perjudicial. En ciudad, durante una circulación tranquila o en descensos suaves, puede ser una estrategia perfectamente válida. La clave está en no forzar el motor. Como orientación general, los motores gasolina suelen trabajar con mayor eficiencia entre 1.500 y 2.500 rpm, mientras que en un diésel lo recomendable es mantenerse normalmente entre 1.200 y 2.000 rpm, evitando bajar de forma habitual de las 1.000 rpm.
La mejor forma de alargar la vida del motor no consiste en conducir siempre al menor régimen posible. Lo realmente importante es adaptar la marcha a cada situación, evitar que el propulsor trabaje forzado y utilizar todo su rango de funcionamiento con sentido común. Un motor que gira en su zona de eficiencia consume menos, responde mejor y, sobre todo, tiene muchas más posibilidades de mantenerse en buen estado durante años.