Los jóvenes catalanes son hoy el segmento más europeísta de la sociedad, pero también uno de los más exigentes con el papel que debe jugar la Unión Europea en un contexto marcado por la crisis de la vivienda, la guerra y la inestabilidad internacional. Así se desprende del último estudio impulsado por la Generalitat coincidiendo con el Día de Europa —9 de mayo—, que dibuja una generación que continúa identificándose con el proyecto europeo, pero que reclama respuestas más concretas a los problemas cotidianos.

Según la encuesta, un 65% de los jóvenes de entre 18 y 24 años se definen como “muy” o “bastante” europeístas, una cifra claramente superior a la de cualquier otra franja de edad. El estudio apunta que los programas de movilidad, la facilidad para viajar y la normalización de la experiencia internacional —especialmente a través de iniciativas como el antiguo Erasmus— continúan teniendo un peso importante en la manera como los jóvenes construyen su identidad política y cultural. Europa no es solo una institución, sino también un espacio vital compartido.

sentimiento europeísta
Sentimiento europeísta por franjas de edad

Ahora bien, esta adhesión convive con una sensación creciente de distancia respecto de las instituciones comunitarias. Una parte significativa de los encuestados considera que su voz cuenta “poco o nada” dentro de la Unión Europea. No se trata tanto de un rechazo al proyecto europeo como de una percepción de desconexión: Europa se valora, pero se ve lejana en la toma de decisiones.

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Los ciudadanos creen que su voz cuenta "poco" o "nada" en la UE

La vivienda, un problema creciente

En este contexto, emerge con fuerza la crisis de la vivienda como gran prioridad política. El estudio señala que esta es la principal preocupación que los catalanes querrían ver reflejada en el presupuesto europeo de los próximos años, por delante de la política exterior o la transición energética. El hecho de que una cuestión tradicionalmente asociada a las políticas nacionales aparezca como demanda hacia Bruselas refleja un cambio de mirada: Europa ya no se percibe solo como un proyecto económico o institucional, sino también como un posible instrumento para intervenir en la vida cotidiana.

prioridad para hacer frente crisis vivienda
Prioridad para hacer frente a la crisis de la vivienda

Esta demanda convive con una lectura cada vez más geopolítica de la Unión Europea. La guerra de Ucrania, la tensión con Rusia y la inestabilidad en otras regiones han reforzado la idea de que Europa debe tener un papel más activo en la escena internacional. La encuesta muestra que un 89% de los catalanes defiende una respuesta conjunta de la UE ante amenazas externas, y que tres de cada cuatro avalan las sanciones europeas contra Rusia.

Más capacidad de influencia

También hay un amplio consenso a favor de una política exterior europea más fuerte: el 76% de los encuestados considera que la Unión Europea debería tener más capacidad de influencia diplomática en un mundo cada vez más fragmentado. Esta visión apunta a una Europa menos reactiva y más autónoma, capaz de situarse con voz propia entre los grandes bloques globales.

Sin embargo, esta apuesta por una Europa más potente en el ámbito internacional no se traduce automáticamente en apoyo a un incremento del gasto militar. El estudio refleja una tensión clara: mientras el 82% de los encuestados ve con buenos ojos una política común de seguridad y defensa, solo un 26% defiende aumentar los recursos destinados al ámbito militar. Es decir, más coordinación sí, pero no necesariamente más militarización.

gasto en defensa
Gasto en defensa en el contexto geopolítico actual

Esta combinación de resultados dibuja una actitud ambivalente, pero coherente. Por un lado, hay un europeísmo sólido, especialmente entre los jóvenes, que asocia la Unión Europea a movilidad, oportunidades e identidad compartida. Por el otro, hay una demanda creciente para que este proyecto tenga un impacto real en problemas concretos como la vivienda o la seguridad global.

Europa: ¿preparada para dar respuestas?

El resultado es una especie de “doble europeísmo”: emocional y práctico a la vez. Europa sigue siendo un espacio de pertenencia —especialmente para la generación Erasmus, formada en la movilidad y el intercambio— pero también es cada vez más una herramienta que se mide por su capacidad de dar respuestas.

En este sentido, la distancia con Bruselas no se traduce en desinterés, sino en exigencia. Los jóvenes catalanes no parecen cuestionar la idea de Europa, sino su funcionamiento actual. Quieren una Unión Europea menos abstracta y más operativa, capaz de traducir sus valores en políticas tangibles.

El Día de Europa llega, así, con un mensaje claro: el apoyo al proyecto europeo se mantiene sólido, pero su legitimidad futura dependerá cada vez más de su capacidad para intervenir en las preocupaciones reales de una generación que ya no concibe Europa como un horizonte lejano, sino como un espacio propio que también quiere mejorar.