Los 65.000 millones de barriles de Trump: ¿qué hay detrás del "histórico" acuerdo petrolero con Venezuela?

Donald Trump lo ha presentado con una grandilocuencia difícil de superar: "El mayor acuerdo petrolero de la historia mundial". Estados Unidos ha pactado con el gobierno interino de Venezuela que preside Delcy Rodríguez conseguir el control mayoritario sobre unas reservas probadas de más de 65.000 millones de barriles de petróleo, aproximadamente una quinta parte de todo el crudo que hay bajo tierra en el país sudamericano. Pero detrás del anuncio hay mucho más que petróleo. Están las elecciones de medio mandato del próximo 3 de noviembre, una gasolina que vuelve a superar los cuatro dólares el galón, una guerra con Irán que ha disparado la factura energética y un Donald Trump que llega a la recta final de la campaña con la economía convertida en uno de sus principales puntos débiles. El petróleo venezolano necesitará años para salir masivamente del subsuelo, pero los 65.000 millones de barriles ya pueden empezar a ser explotados electoralmente.

El presidente estadounidense anunció el viernes que el acuerdo, negociado por el secretario de Estado, Marco Rubio, y el secretario de Defensa, Pete Hegseth, con la presidenta interina venezolana, Delcy Rodríguez, permitirá a Estados Unidos ejercer un control mayoritario sobre estos 65.000 millones de barriles "sin ningún coste para el contribuyente estadounidense". Trump asegura que la operación "más que duplicará" las reservas petroleras estadounidenses y, sobre todo, que hará bajar de manera sustancial el precio de los carburantes "para todos los estadounidenses a largo plazo", un anuncio que pretende contrarrestar las críticas y el malestar de los ciudadanos, que ven cómo la guerra iniciada hace seis meses repercute en sus bolsillos.

¿Qué ha comprado realmente Trump?

 

Estados Unidos, sin embargo, no se llevará 65.000 millones de barriles ni los incorporará físicamente a sus reservas estratégicas. El mecanismo conocido hasta ahora es bastante más complejo, aunque no se han dado detalles oficiales del acuerdo, pero según funcionarios estadounidenses citados por CBS News y Associated Press, el acuerdo se articularía a través de una sociedad conjunta entre el gobierno de Estados Unidos y un operador privado, a la que Caracas habría concedido derechos de explotación durante 100 años. Así, el acuerdo prevé crear una nueva compañía privada conjunta entre Estados Unidos, Venezuela y un operador privado aún no identificado oficialmente, que obtendrá derechos durante 100 años para desarrollar 17 campos petrolíferos venezolanos. Washington dispondría de un 55% del rendimiento efectivo de la empresa, combinando participación accionarial y el derecho de adquirir petróleo al precio de coste. El gobierno venezolano calcula que el proyecto puede movilizar unos 100.000 millones de dólares de inversión privada y generar más de 209.000 millones de dólares en impuestos para el país.

Es, por lo tanto, mucho más parecido a obtener el control empresarial y los derechos de explotación de una enorme cantidad de petróleo aún bajo tierra que a comprar una montaña de barriles disponibles inmediatamente. La dimensión, sin embargo, es extraordinaria. Venezuela dispone de unos 303.000 millones de barriles de reservas probadas, cerca del 17% de las reservas mundiales conocidas y la cifra más elevada del planeta. Los 65.000 millones incluidos en el acuerdo equivalen aproximadamente al 20% de este tesoro petrolero. Si la nueva sociedad llegara a desarrollarlos plenamente, se convertiría, según fuentes estadounidenses citadas por AP, en el segundo operador empresarial con más reservas probadas del mundo, solo detrás de Saudi Aramco.

La gasolina de noviembre, el problema de Trump

El momento escogido para anunciar el acuerdo difícilmente se puede separar del calendario electoral. Los estadounidenses votarán el 3 de noviembre para renovar toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, y los republicanos afrontan la cita con un problema que cualquier conductor estadounidense puede ver varias veces por semana en el cartel de una gasolinera. Este sábado, el precio medio de un galón de gasolina regular se sitúa en 4,08 dólares, según la American Automobile Association (AAA), una gran asociación estadounidense de automovilistas, fundada en 1902. Hace un año costaba solo 3,20 dólares. Es decir, en doce meses se ha encarecido cerca de un 27%. Agosto de 2026, además, va camino de convertirse en el agosto más caro de la historia en los surtidores estadounidenses: el precio ha estado por encima de los cuatro dólares cada día del mes.

La guerra contra Irán, que empezó el mismo Trump con el Israel de Benjamin Netanyahu, es una de las principales explicaciones. La inestabilidad en el estrecho de Ormuz, por donde antes del conflicto transitaba aproximadamente el 20% del petróleo mundial, ha restringido los flujos procedentes del golfo Pérsico y ha mantenido el crudo alrededor de los 80 dólares por barril. Y Trump lo está pagando políticamente. Un sondeo Reuters/Ipsos de este agosto sitúa su aprobación en solo el 33%, el nivel más bajo de su segundo mandato. La economía aparece como la principal preocupación de los estadounidenses y otros estudios muestran que cerca de dos tercios de los ciudadanos desaprueban su gestión de la inflación. Por eso el mensaje del presidente sobre Venezuela está construido alrededor de una promesa muy concreta: más petróleo significa gasolina más barata.

Este petróleo no llegará antes de las elecciones

Aquí está la principal contradicción del anuncio. Trump puede incorporar políticamente los 65.000 millones de barriles al inventario estadounidense de manera inmediata, pero no los puede extraer de la misma manera. Venezuela produce hoy solo aproximadamente el 1% del petróleo mundial a pesar de acumular el 17% de las reservas. Después de años de falta de inversión, sanciones, corrupción, expropiaciones y deterioro de PDVSA, buena parte de la infraestructura petrolera necesita una reconstrucción profunda. Los expertos advierten que aumentar sustancialmente la producción requerirá miles de millones de dólares y varios años.

El escepticismo llega incluso de las mismas petroleras que Trump necesita para ejecutar su plan. Después de la caída de Nicolás Maduro, el presidente convocó a ejecutivos del sector en la Casa Blanca para animarlos a volver a Venezuela. El consejero delegado de ExxonMobil, Darren Woods, llegó a calificar entonces el país de "ininvertible", por la inseguridad jurídica y los antecedentes de expropiaciones. Por lo tanto, es prácticamente imposible que el pacto anunciado ahora provoque una entrada significativa de petróleo venezolano en el mercado antes del 3 de noviembre. Su efecto inmediato puede ser sobre todo psicológico y político: transmitir a los mercados y a los electores que Washington ha garantizado una enorme fuente de suministro para el futuro.

¿Por qué interesa tanto el petróleo venezolano a EE.UU.?

No todos los barriles son iguales. Una gran parte del petróleo venezolano es crudo pesado y con un alto contenido de azufre, precisamente un tipo de petróleo que muchas refinerías de la costa norteamericana del golfo de México están preparadas para procesar. La revolución del fracking (o fracturación hidráulica, es una técnica para extraer petróleo y gas atrapados en rocas muy compactas del subsuelo, sobre todo esquistos) ha convertido a Estados Unidos en un gigante productor, pero buena parte del crudo norteamericano es más ligero. Las grandes refinerías de Texas y Luisiana fueron construidas durante décadas pensando en petróleo pesado procedente de Venezuela, México o Canadá. Recuperar masivamente el crudo venezolano permitiría, por lo tanto, alimentar una infraestructura que ya existe en Estados Unidos y reducir la dependencia de otros proveedores.

Washington también tiene otro agujero que llenar. La Reserva Estratégica de Petróleo de Estados Unidos ha caído por debajo de los 300 millones de barriles, más de 100 millones menos que a principios de este año, después de que la Administración Trump recurriera a ella para contener los efectos de la guerra con Irán sobre los precios. Parte del petróleo procedente de la nueva sociedad venezolana se destinará precisamente a recomponer esta reserva y a cubrir necesidades militares.

De derrocar a Maduro a controlar el petróleo

El acuerdo tampoco se puede desvincular de la profunda transformación política que ha vivido Venezuela desde la operación militar estadounidense que el pasado enero capturó a Nicolás Maduro y lo trasladó a Estados Unidos para juzgarlo por narcoterrorismo y tráfico de drogas. Con Delcy Rodríguez al frente del gobierno interino, Caracas ha empezado a desmantelar uno de los pilares económicos del chavismo. Una de sus primeras grandes decisiones fue aprobar una reforma que vuelve a abrir la industria petrolera al capital privado, revirtiendo más de dos décadas de control estatal.

Ahora Washington no solo recupera el acceso al petróleo perdido después de las nacionalizaciones de Hugo Chávez, sino que consigue una posición dominante sobre una parte extraordinaria de las reservas del país. La operación tiene, por tanto, una dimensión geopolítica evidente: convertir Venezuela en un gran proveedor energético bajo la órbita norteamericana y reducir la influencia de China, Rusia y la OPEP.

Pero también plantea enormes interrogantes jurídicos y de soberanía. El gobierno interino de Rodríguez está concediendo derechos de explotación por un siglo sobre recursos que la Constitución venezolana considera patrimonio del Estado, mientras todavía no se ha culminado una nueva legitimación electoral del poder surgido después de Maduro.

65.000 millones de barriles que Trump necesita ahora

A largo plazo, el acuerdo puede alterar de manera considerable el mapa energético del continente. Si los 100.000 millones de dólares de inversión anunciados llegan realmente y Venezuela recupera una parte del potencial productivo perdido, Estados Unidos podría disponer a pocos días de navegación de sus refinerías de una de las fuentes de petróleo más grandes del mundo. Pero este es el escenario del futuro. El presente es un presidente con una aprobación en torno al 33%, una gasolina por encima de los cuatro dólares, una guerra con Irán sin final a la vista y unas elecciones legislativas a solo dos meses vista.