Tomàs Molina señala el suelo que pisamos como uno de los elementos que condicionan el calor en una ciudad. En una entrevista con El 9 Nou, explicó que los materiales, la estructura urbana y la actividad humana influyen en la temperatura. Su propuesta pasa por adaptar calles, plazas y patios a unas condiciones climáticas más exigentes: “Las ciudades tienen que cambiar”.
En este sentido, el meteorólogo utilizó una comparación cercana: caminar por una plaza de cemento resulta mucho más caluroso que pasear por la Devesa de Girona. También mencionó Cabanes, en el Empordà, para cuestionar los espacios dominados por superficies duras. El mensaje sitúa el urbanismo dentro de la adaptación al calor: lo que encontramos entre los edificios importa tanto para desplazarnos como para permanecer cómodamente en el exterior.
El pavimento también interviene en el calor urbano
La explicación tiene una base física. Los pavimentos pueden acumular energía solar y transferir calor al aire que tienen encima. Los expertos recogen distintas alternativas para reducir ese calentamiento: materiales que reflejan más radiación solar, soluciones que favorecen la evaporación del agua y otros tratamientos destinados a mantener las superficies más frescas. Son estrategias que deben valorarse según las características de cada espacio.
De esta manera, renovar una calle permite estudiar algo más que su apariencia. La elección del suelo puede incorporarse al proyecto junto con el arbolado, los lugares de descanso y los recorridos peatonales. Conviene distinguir, además, la temperatura de la superficie de la del aire: que un pavimento se caliente menos no significa que toda la calle vaya a registrar una bajada equivalente en el termómetro.
Árboles y sombra en los espacios cotidianos
Molina extendió esta reflexión a las escuelas. Defendió patios con árboles, sombra y agua, preparados para que los niños puedan utilizarlos con temperaturas elevadas. También habló de los refugios climáticos como espacios donde encontrar unas condiciones mínimas de confort. Su planteamiento conecta las decisiones sobre materiales y vegetación con actividades concretas: salir a pasear, esperar a alguien o pasar el recreo fuera del aula.
Así pues, adaptar la ciudad exige mirar sus espacios cotidianos con otras preguntas. Dónde puede descansar una persona mayor, qué trayecto ofrece sombra o cómo se utiliza una plaza durante las horas calurosas. El pavimento forma parte de esa revisión, junto con la vegetación y el diseño, para que salir a la calle siga siendo agradable.
