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Pedri ha recordado una de las escenas más divertidas de su infancia en Tegueste, Tenerife. Mucho antes de convertirse en una figura del Barça y conquistar su segundo Mundial con España, el centrocampista ya pasaba buena parte del día con una pelota en los pies. El problema era que tampoco dejaba de jugar cuando entraba en casa.

“Le daba a todas las lámparas, en casa todas tienen un cristal roto”, ha explicado al hablar de aquellos primeros años. La frase retrata a un niño incapaz de separarse del balón y también la paciencia de una familia que vio muy pronto hasta qué punto el fútbol ocupaba su cabeza. Cualquier pasillo, habitación o rincón podía convertirse en un campo improvisado.

El balón estaba presente a todas horas

Pedri creció en Tegueste, un municipio pequeño del norte de Tenerife donde comenzó a jugar en la escuela del club local. Allí dio sus primeros pasos antes de marcharse al Juventud Laguna y, posteriormente, incorporarse a Las Palmas. Quienes lo conocieron entonces recuerdan a un chico tranquilo fuera del campo, pero completamente transformado cuando recibía la pelota.

Pedri Gol

En casa repetía controles, golpeos y pequeños regates sin calcular demasiado bien lo que tenía alrededor. Las lámparas terminaron pagando aquella obsesión. Los cristales rotos se convirtieron así en una especie de recuerdo familiar de una etapa en la que el talento todavía era solo un juego, aunque ya mostraba una relación extraordinaria con el balón.

De Tegueste a hacer historia con España

Su entorno fue decisivo para que aquella afición pudiera convertirse en una carrera. Su abuelo ayudó a fundar una peña del Barça y su padre también era un gran seguidor azulgrana. Sin embargo, nadie podía asegurar que el niño que rompía lámparas acabaría jugando en el Camp Nou, convirtiéndose en referencia de España y disputando dos Mundiales antes de cumplir los veinticuatro años.

Ahora Pedri recuerda aquellas travesuras con humor. La imagen contrasta con el futbolista sereno que parece calcular cada pase sobre el césped. En su infancia, la precisión todavía tenía margen de mejora y las lámparas de casa lo demostraban. Pero detrás de cada cristal roto había también horas de práctica, imaginación y una pasión difícil de contener. Antes de dominar los grandes estadios, Pedri empezó intentando dominar una pelota entre muebles, pasillos y familiares que aprendieron a proteger todo lo que podía romperse. Aquella casa fue, sin saberlo, su primer campo de entrenamiento.