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Tal día como hoy del año 1659, hace 367 años, en el territorio neutral de la isla de Konpaitza o de los Faisanes, cerca del estuario del río Bidasoa —entre las poblaciones vascas de Irún (entonces Reino de Navarra, Corona hispánica) y Urruña (entonces provincia de Labort, Corona francesa)—, los comisionados Luis Méndez de Haro y Pedro Coloma —en nombre del rey hispánico Felipe IV— y Jules Mazzarino y Hugues de Lionne —en nombre del rey francés Luis XIV— firmaban el Tratado de Paz de los Pirineos, que debía acabar con la Guerra hispano-francesa (1635-1659), un conflicto que se había librado, en gran parte, dentro del enfrentamiento continental llamado Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que debía dirimir el liderazgo continental y mundial entre Madrid y París.

Aquella paz había sido solicitada tres años antes (1656) por la cancillería de Madrid, debido al agotamiento militar de las tropas hispánicas y financiero de las arcas que sostenían aquel conflicto. Pero hasta 1659 —cuando el ejército francés había completado la ocupación de una amplia franja al sur de los Países Bajos hispánicos, entonces condados de Artois, Picardía y mitad sur de Henao, y la parte ultrapirenaica de Catalunya, entonces condados de Rosellón y Cerdaña— la cancillería de París no aceptó sentarse a negociar. En aquellas conversaciones, la delegación francesa siempre llevó la iniciativa, porque habían ganado aquella guerra y porque sus negociadores eran notablemente más hábiles que los hispánicos.

En dichas conversaciones, la prioridad francesa era obtener el dominio de los Países Bajos hispánicos (la actual Bélgica). Pero la delegación hispánica, fuertemente influida por la cultura política punitiva contra Catalunya que imperaba en la corte de Madrid (por la guerra de Separación, 1640-1652/59), entregó la Catalunya Nord, pensando que de este modo castigaba ejemplarmente a los catalanes y, de paso, conservaba el dominio sobre los Países Bajos hispánicos. Esta medida significó la amputación de Catalunya (violando todas las leyes constitucionales y juramentos reales que lo impedían) y no evitó la pérdida, a medio plazo, de los Países Bajos hispánicos (entregados por el primer Borbón hispánico a Austria en la Paz de Utrecht, 1713).

La ideología del poder español, respecto a Catalunya y en el transcurso de estos tres siglos y medio, es extraordinariamente reveladora. Porque, contrariamente a lo que ocurre con la reivindicación sobre Gibraltar, en el caso de la Catalunya Nord se ha manifestado y se manifiesta con un desinterés absoluto en renegociar la reversión de este tratado y en la reunión de todos los territorios catalanes. Ello demuestra, palmaria y sobradamente, que este poder español, desde hace más de tres siglos y medio, suscribe plenamente las citas que proclamaron Napoleón —a finales de la centuria de 1700—: "Catalunya es la provincia menos española de España" y Espartero —en 1843—: "Por el bien de España, hay que bombardear (castigar) Barcelona una vez cada cincuenta años".