Con la promulgación este sábado, a una hora tan intempestiva como las cuatro de la madrugada, en el Diario Oficial de la República Francesa —el equivalente al Diari Oficial de la Generalitat de Catalunya en el país galo— de la nueva ley de pensiones, que establece que la jubilación pasa de los 62 a los 64 años, una vez el Consejo Constitucional respaldó la víspera los grandes aspectos de la ley, se pone punto y final al pulso de Emmanuel Macron para sacar adelante su controvertido proyecto. Se cierra una etapa que no acaba, ni mucho menos, el problema. Las protestas en las calles de las principales ciudades francesas estas últimas horas son la avanzadilla del pulso de Macron con los franceses, con una ley que el 70% de la población rechaza.

Cuando el pasado mes de marzo, el día 20, el presidente francés superó dos mociones de censura, una de ellas, la impulsada por el grupo independiente Liot, por tan solo nueve votos, Macron no solo constató la debilidad de su gobierno, sino la fragilidad de la legislatura que debería durar hasta 2027. Sin duda, mucho tiempo para resistir con la actual minoría política de los partidos agrupados alrededor fundamentalmente de La República en Marcha, que suman 247 diputados de los 547 que componen la Asamblea. Fuera de la coalición que lidera Macron, ha contado con el apoyo de los 61 diputados del partido de derechas Los Republicanos, aunque 19 de ellos ya votaron la moción de censura que hubiera acabado con la primera ministra, Élisabeth Borne.

Lo cierto es que los pocos apoyos externos con los que cuenta Macron en la Asamblea tienen pocos alicientes para permanecer a su lado, y no hay que descartar que prospere una nueva moción de censura a Borne o que Macron intente ganar tiempo con un nuevo Ejecutivo. De todos modos, dando por supuesto que las protestas en la calle se mantendrán, ya que la movilización está muy viva y los manifestantes muy crispados —el viernes por la noche fueron detenidas más de un centenar de personas— no cabe pensar en un retroceso de la inflamación actual, que está chamuscando a la mayoría política de Macron y dando ventaja electoral a la extrema derecha de Marine Le Pen y a la izquierda de Jean Luc Mélenchon.

Es cierto que Macron se ha salido con la suya y el respaldo del Constitucional es un claro ejemplo. Su actitud soberbia tampoco ha ayudado a un proyecto tan trascendente para la vida de los franceses y ya de por sí difícilmente gestionable con la actual composición del arco parlamentario, más fragmentado que nunca. Sus llamadas ahora a los partidos para dialogar no van a servir de nada. Macron es un cadáver político y el hecho de que no se pueda presentar a un tercer mandato consecutivo le da la pátina de intentar poder explicar que hace lo mejor para su país, pero, al mismo tiempo, hará más evidente su soledad. Nadie quiere juntarse a quien el electorado rechaza. Solo el tiempo dirá si su tozudez ha sido una victoria o una derrota.