A la gran pregunta que se escucha estos días por Madrid sobre qué va a hacer Junts después de la explosión incontrolada del caso Zapatero, los de Puigdemont devuelven la pregunta, como si fuera una bola en un partido de tenis. La pregunta es: qué va a hacer el PP. El partido de Carles Puigdemont ya ha tomado distancia suficiente en los últimos meses del PSOE; de hecho, le ha retirado el apoyo parlamentario y el Congreso no puede, en la práctica, aprobar proyectos de ley presentados por el gobierno. El siguiente paso, el último que les queda, ya que también le han pedido a Pedro Sánchez que convoque elecciones, es sumarse a una moción de censura con PP y Vox, algo que no es que sea un paso más, sino que, en las circunstancias actuales, es un salto al vacío, porque la foto con la ultraderecha es lo que menos desea Junts.
Entonces, si PP no da el paso y Junts se pone de perfil, ¿qué va a pasar? Pues, en principio, nada; la pelota la vuelve a tener Pedro Sánchez y será él quien decida sobre el adelanto electoral. Explicaba muy bien, con acierto, hace unos días Xavier Trias que, en el otoño de 1995, en plena ola de corrupción con casos tan emblemáticos como el de Luis Roldán, el exdirector general de la Guardia Civil, Jordi Pujol le dio un ultimátum a Felipe González y le conminó a celebrar elecciones lo antes posible. La fecha fue el 3 de marzo de 1996, unas elecciones que, a la postre, le permitirían a José María Aznar llegar a la Moncloa. Ese marco de relaciones e incluso de confianza de antaño ha saltado por los aires estos últimos años.
El gobierno sabía lo que hacía y Zapatero también: sería como la liebre en los hipódromos, que los galgos nunca pueden cogerla si no se estropea la maquinaria
Sobre todo el de confianza, ya que nunca ha sido tan elevado el grado de cinismo en la política. Se hacen promesas aquí y allá que los que prometen saben que no podrán cumplir y a los que se las hacen se agarran como pueden a un clavo ardiendo que, a la postre, siempre acaba siendo eso, un clavo ardiendo. Visto con perspectiva, ni la promesa de la amnistía ni la del catalán en Europa han sido serias. O lo suficientemente serias. La ley de amnistía se hizo para que fuera interpretable, obviando cualquier tipo de rotundidad que la hiciera manejable por los diferentes actores. El gobierno sabía lo que hacía y Zapatero también: sería como la liebre en los hipódromos, que los galgos nunca pueden cogerla si no se estropea la maquinaria.
Incluso la promesa de que el presidente del TC, Cándido Conde Pumpido, iba a pronunciarse sobre la constitucionalidad de la ley quizás acabe siendo verdad un día, pero el calendario ya ha saltado por los aires. Ahora se dice que no antes de septiembre, con la misma tranquilidad que Zapatero les dio, sin inmutarse, a los de Junts una fecha que se cumple estos días. El expresidente está ahora para otras cosas, ciertamente, pero su capital político hace tiempo que se agotó, hasta para Carles Puigdemont. Del tema del catalán, todo el mundo sabe cómo ha ido. El gobierno hizo mal los deberes desde el principio y cuando quiso rectificar ya no estaba a tiempo. Las elecciones en Alemania habían desplazado al socialdemócrata Olaf Scholz y habían llevado hasta la cancillería al democristiano Friedrich Merz. Sánchez tuvo tiempo hasta mayo de 2025, en que se produjo el cambio en Berlín, y cuando trató de apretar a Merz, este ni estaba dispuesto a dejarse amedrentar, ni a hacerle un feo a Feijóo.
En estos momentos, aunque PP y Junts no tienen un canal de negociación, sí tienen una línea de diálogo que se utiliza, preferentemente, para temas económicos. La gran ventaja para los dos partidos es que para ambos Vox es un problema, gestionable para el PP e ingestionable para Junts. Por eso, incluso, el tiempo ha dejado de apremiarles a la espera de los primeros sondeos sobre si el partido de Feijóo es capaz de captar voto descontento del centro con el nuevo salto en la corrupción socialista. Un dato que no debe pasar inadvertido: la entrada de Puigdemont pidiendo explicaciones a los socialistas sobre sus relaciones con China. La carpeta Huawei va a entrar en la escena política.