En vísperas de la sentencia del Tribunal Supremo sobre los presos políticos catalanes y el resto de procesados por el 1-O, una pieza ignominiosa para la democracia española que no ha resistido el aliento más conservador de la judicatura, la política y los medios de comunicación, se celebra este sábado en Madrid el 12 de octubre, Día de la Hispanidad y Fiesta Nacional de España, con diversos actos oficiales que van desde un desfile militar hasta una recepción de los reyes en el Palacio Real. La justicia ha querido este orden cronológico porque, obviamente, ha habido meses suficientes para que se hiciera de otra manera y el resultado es que el fallo del Supremo queda encajado entre el 12-O y el aniversario del fusilamiento del president Lluís Companys en Montjüic el 15-O. La sociedad catalana, que nunca ha tenido en el día de la Hispanidad una fiesta cercana a su manera de ser y de pensar, se siente este año aún más alejada, en un momento en que existe un enorme enojo, no solo en las filas independentistas que es obvio, sino en amplios sectores del espacio que suele votar formaciones constitucionalistas.

El juicio ha sido visto como un atropello para los derechos de los acusados y casi el 70% de la sociedad catalana se ha pronunciado en diferentes encuestas en la dirección de que la prisión preventiva era injusta y otro 58% que el juicio no estaba siendo justo. Esta situación no solo ha producido un desasosiego muy transversal electoralmente sino que, lejos de rebajarse, la tensión generada se ha ido alimentando más y más. Quizás por eso, este 12 de octubre es un día absolutamente normal en muchas ciudades de Catalunya, donde la gran mayoría de comercios no harán fiesta y abrirán la persiana como cualquier otra jornada laboral. Lo harán centros comerciales y grandes supermercados pero también comercios familiares. Será, seguramente, el año que más tiendas estarán abiertas, cuando en años anteriores quedaba concentrado en establecimientos de marcado perfil soberanista. Será que también ellos, igual que buena parte de la ciudadanía, no tienen nada que celebrar, ya que perfectamente hubieran podido bajar la persiana y cerrar ya que la Generalitat sitúa el 12-O como uno de los ocho días festivos opcionales de apertura.

En el tiempo que estuve en París tuve oportunidad de ver cómo celebraban los franceses la fiesta del 14 de julio. Allí, el sentimiento patriótico es muy alto, entre otras cosas, porque la celebración une y no divide. Es, de alguna manera, una jornada especial. Aquí, el 12-O ha ido reduciendo el perímetro ya que a los que nunca lo han celebrado se han ido uniendo los que por uno u otro motivo se han ido descolgando en los últimos años. No es exagerado decir que es, sobre todo, una fiesta de Madrid. Y es que, quizás, España hoy en día es Madrid y poca cosa más. Eso, el día que se anuncian fechas para la exhumación del dictador Francisco Franco y la víspera de las sentencias a los líderes independentistas catalanes. Pedro Sánchez, parapetado en el traslado de la momia y la persecución de los independentistas. Un frame para nostálgicos que, por ahora, solo parece beneficiar, con la mirada puesta en el 10-N, al Partido Popular y a Vox. 

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