El anuncio de Rusia de suspender indefinidamente los flujos de gas a través del gaseoducto Nord Stream 1 —el que suministra a toda la Europa central— es un paso más de Vladímir Putin para demostrar su capacidad de inyectar cada vez más y más presión sobre el suministro de energía a Europa, a medida que el calendario avanza y el final de las vacaciones de verano da paso al otoño y al temido invierno. El anuncio de Gazprom de que la suspensión se debe a una serie de problemas técnicos y que en la única turbina que aún funcionaba se ha encontrado una fuga de aceite, tiene toda la pinta de ser más la excusa que el problema, ya que lo realmente significativo para no perder el hilo son las amenazas rusas a Europa desde hace mucho tiempo de que muchos países se iban a encontrar con dificultades fruto de su posicionamiento en la guerra de Rusia en Ucrania.
Es obvio que a estas alturas del conflicto militar, Putin ha enseñado, al menos, una parte importante de sus cartas y la importancia que concede a la energía a la hora de utilizarla como arma política. A la advertencia del G7 de topar el precio del petróleo y del gas ruso, Putin ha contestado con la avería técnica y a buen entendedor pocas palabras bastan. La reanudación del flujo del gas a Europa que se debía reanudar este sábado ha pasado a tener carácter indefinido. Dmitri Medvédev, expresidente y ex primer ministro y actual vicepresidente del consejo de seguridad del país, ya había advertido que no habría gas ruso si los 27 topaban el precio del combustible, como había planteado Ursula von der Leyen.
Qué duda cabe de que Rusia pretende, en primer lugar, advertir a Alemania que puede acabar siendo el país más perjudicado. De ahí, el enorme esfuerzo, al menos político y comunicativo, para tratar de remontar el proyecto del MidCat que conectaría España con Centroeuropa, al que Francia es tan reacio, y que trata de venderse día sí y día también como si fuera una solución inmediata, cuando la finalización del proyecto se demoraría mucho tiempo. Pero sin una solución, Alemania, el motor político de Europa, va a empezar a tener problemas, y con ella, más grandes o más pequeños, todos los europeos. El presidente de Gazprom, Alekséi Miller, ya ha señalado que la reparación de las turbinas en una fábrica especializada es imposible debido a las sanciones occidentales.
Veremos en los próximos días hasta qué punto, si la guerra ha entrado en una nueva fase, el gasoducto Nord Stream 1 queda definitivamente parado, y la excusa de la avería técnica se alarga en el tiempo. Sería la peor de las señales y habría que ver cómo responden —en precio y en volumen— otros productores de gas. No solo eso, el sobreprecio está asegurado aunque no así el gas, necesario por más que Alemania haya acumulado reservas de gas en sus depósitos cercanas al 80%. En estos momentos, por ejemplo, Noruega es el principal suministrador de gas a Alemania, mientras que Rusia ha pasado de aportar el 34% en abril, al 9% en agosto, eso sí, habiéndose reducido drásticamente los metros cúbicos de los que disponían los germanos.
Si el susto se ha convertido ya en pesadilla o aún hay margen para evitarlo, es algo que aún no sabemos.