LLIBRE 1  EDITORIAL ALPINA CASTELLÀ

Esta es la primera vez, después de más de treinta años de oficio, que escribo una reseña de lo que no se puede considerar un libro. Pero que se la merece de forma absoluta. Es un objeto que a su vez es más leído, mirado, observado que cualquier volumen de la mejor literatura. Y contemplado con más insistencia que un paisaje o que una pecera en la que nada la vida. Me refiero a los mapas de la benemérita editorial Alpina, de Granollers, que ahora, por primera vez, no se editan solo sobre papel sino también sobre tela. No sé de quién ha sido la idea, si es nueva o vieja, si ha salido de Catalunya o es una excelente imitación. Eso no importa. Lo que realmente vale la pena es que la innovación no nos dé miedo en el mundo de la edición. Que en la cartografía también nos acompañe, incluso en un producto aparentemente tan consolidado y terminado como un mapa excursionista.

Los mapas de Alpina tienen el encanto estético de otra época, la que podríamos calificar de época de Tintín, con un dibujo siempre nítido, bien coloreado, amable y, por encima de todo, comprensible, útil. Pensad en los bellísimos mapas de Alpina que al menos alguna vez habremos tenido en nuestras manos, con la personalidad modesta, catalana, que respiran; donde todo está explicado e indicado. Un mapa que hasta ahora era prácticamente perfecto. O casi perfecto. Porque hasta la fecha mantenía un inconveniente de fabricación. Un inconveniente tradicional. Cómo teníamos que hacer para poder volver a doblarlo, para guardarlo, cómo restituirlo a su estado primitivo, sin deteriorar el papel, sin destruir la clave de los enigmas, esa ruta, el camino de las migas de pan que nos llevaría hasta la hoya del tesoro. Un mapa excursionista siempre ha sido el objeto más delicado de cualquier expedición, sometido permanentemente a las inclemencias de los elementos, aguaceros, fuegos de campo y, temerariamente, a las manazas y huellas untuosas de los excursionistas menos delicados.

Sí que hemos llegado a ver, en alguna tienda de algún museo, famosas reproducciones pictóricas sobre un delicado pañuelo de seda natural que costaba un ojo de la cara. Esto te permite, por ejemplo, llevar a la Mona Lisa anudada al cuello, pero sin más misterio ni sofisticación. Pero que en el mundo de las nuevas tecnologías, hoy y ahora, cuando los móviles se hacen cada vez más imprescindibles y más frágiles, cuando son cada día, simultáneamente, más tótem y más tabú, hayamos llegado a esa maravilla, a esta pura simplicidad, al hallazgo del mapa de trapo, es un síntoma claro, señoras y señores, de que no vamos siempre para atrás como los cangrejos. Qué descanso poder, por fin, estrujar un mapa textil, envolverlo y desenvolverlo tantas veces como se quiera, sabiendo que no vamos a perder ningún valle, ninguna riera ni cota de altura. Qué gusto poder secarse un poco el sudor, sonarse, utilizarlo como protector craneal, como paraguas, como fular improvisado o como tejido destinado a escenificar un adiós o la bienvenida de alguien. Ya lo veo, lo estoy viendo. Qué bandera más inesperada identificaremos en breve en las cimas más altas, junto a las senyeres tradicionales. Es un mapa de trapo de Alpina. Será el indicativo de que los que están arriba ya preparan el camino de bajada.