Si la política catalana ya parece a veces una comedia, la joven compañía tarraconense Al Cel Cia ha decidido ponerle música, sexo y una buena dosis de escatología. En Lo de Jaume I, una presidenta de Catalunya llamada Lídia Obiols se propone recuperar la pureza de la nación con la ayuda del pene momificado de Jaume I el Conquistador, en una misión tan absurda como delirante. La obra, que se puede ver en El Maldà hasta el 8 de noviembre, parte de Don Jaume el Conqueridor, de Serafí Pitarra, para convertir los mitos nacionales, los discursos identitarios y el auge de la extrema derecha en material para la risa.
Escrito y dirigido por Guillem Cuxart, el montaje parte de una premisa tan absurda como provocadora para cuestionar qué significa ser catalán y quién decide quién lo es. La trama no tiene ninguna intención de pasar desapercibida: aquí se dispara contra todo. La provocación no es gratuita: detrás del esperpento hay una mirada crítica sobre una sociedad en la que determinados discursos de exclusión ganan terreno.
Lenguaje explícito, el humor escatológico y la voluntad de provocar
Pero Lo de Jaume I no es solo una comedia con voluntad de denuncia. Es, sobre todo, un musical, y aquí es donde la propuesta encuentra buena parte de su gancho. Las canciones, compuestas por Marc Sambola, destacan por unas letras bien encontradas, cargadas de referencias a la actualidad política y de una ironía que afina tanto como muerde. Las versiones inesperadas de referentes de la cultura catalana acaban de redondear una propuesta que combina el humor absurdo con una mirada muy reconocible sobre el presente. La música en directo, a cargo de Sambola y Magí Castro, acompaña los números y les da ritmo.
Las interpretaciones de Arnau Fà Lladó, Paula Moles y Laia Esdul sostienen esta locura con energía y sentido del ritmo. Los números cantados tienen gancho, los gags encuentran a menudo el momento exacto y el público responde con risas abundantes. Hay escenas especialmente brillantes, de esas que hacen estallar la sala, y una sensación constante de que la compañía disfruta llevando la incorrección política hasta las últimas consecuencias.
Es evidente que no es una obra para todo el mundo. El lenguaje explícito, el humor escatológico y la voluntad de provocar pueden hacer levantar alguna ceja. Pero quien entre al juego encontrará una propuesta fresca, valiente y con más intención de la que podría parecer a primera vista. La compañía no pretende dar lecciones desde un púlpito: prefiere hacernos reír de nuestras propias contradicciones.
Y quizás aquí radica su virtud. En tiempos de discursos crispados y de una actualidad política que a menudo cuesta digerir, salir del teatro con el ánimo renovado, después de haber reído de lo lindo, ya es una pequeña victoria. Lo de Jaume I demuestra que la sátira todavía puede ser un arma afilada y que reírse del país, a veces, es una manera muy saludable de amarlo.
