Tarragona, algún día del año 1114. Hace 912 años. Las huestes de Ramón Berenguer III, conde independiente de Barcelona, y de Robert de Culley, jefe de una banda mercenaria originaria de Normandía (el dominio vikingo situado en la desembocadura del río Sena), ocupaban la ciudad de Tarragona, en estado de abandono y ruina desde la invasión árabe del siglo VIII.
Culley, que en algunos documentos aparece también como Robert d'Aguiló, es un personaje fundamental para explicar el empuje proyectivo catalán hacia el sur, detenido desde la época de Carlomagno (siglo IX) en la línea fortificada del Llobregat-Cardener-Montsec, que marcaba el límite entre los condados de Barcelona y de Urgell y la tierra de nadie, el cojín que los separaba de las ciudades andalusíes de Lleida y de Tortosa.
Ramón Berenguer III y Culley desplazaron la línea fortificada desde el Penedès hasta las cercanías del Ebro, y desde el Solsonès hasta los arenales del Segre, y dibujaron el primer esbozo del mapa definitivo de Catalunya. Pero, ¿quién era este normando de origen vikingo —pariente del mítico Rollo— y cómo y por qué había llegado a aquella Catalunya primigenia? Y, sobre todo, ¿cómo acaba la trágica historia de su familia?
¿Quién era Robert de Culley?
Robert de Culley había nacido y se había criado en una familia de la baja nobleza militar normanda. Esto no quiere decir que nadaran en la miseria. Según las fuentes, a principios de la centuria del 900, formaban parte del entorno del poder, pero con el transcurso del tiempo, se habían transformado en latifundistas rurales. Robert, de muy joven, siguió el camino natural que el sistema imponía a los segundones de la nobleza y se enroló en las huestes privadas que combatían a sueldo por toda Europa. Normandía era una "fábrica" de mercenarios y a Robert, particularmente, le debía ir muy bien, porque, pasados los años, alcanzó la categoría de jefe de banda. Las fuentes documentales revelan que, antes de la conquista del Camp de Tarragona, ya había ensartado con la espada a los campesinos navarros que se habían rebelado contra la nobleza latifundista de Pamplona.
¿Cómo llega Robert de Culley a la corte de Barcelona?
Los Culley nunca habían perdido los vínculos políticos y familiares que los unían con el poder normando. Y esto explicaría la relación entre Robert y Ramón Berenguer III. La conexión entre Culley —o Aguiló— y la corte condal catalana se llamaba Mafalda de Pulla, de la casa de Hauteville, señores de la guerra normandos —como el propio Robert—, que, unas décadas antes, habían creado un dominio "vikingo" en el sur de la península itálica: Pulla y Calabria. Mafalda, parienta lejana de Robert, había sido la esposa de Ramon Berenguer II (muerto en 1082) y era la madre de Ramon Berenguer III. Culley no era, personalmente, conocido en Barcelona. Pero sí lo eran sus ancestros, los Culley de Normandía, viejos conocidos de los Hauteville de Pulla y Calabria y, entonces también, de Barcelona. Esta "carta de recomendación" sería definitiva.
El aval "profesional" de Robert de Aguiló
Cuando Robert de Aguiló ofreció sus servicios a la corte condal de Barcelona, los astros se habían conjurado para hacer posible aquella relación. Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido como El Cid Campeador, el gran mercenario del levante peninsular ibérico y el suegro de Ramón Berenguer III de Barcelona, había muerto pocos años antes (1099). Y su primogénita y heredera, María Díaz, esposa de Ramón Berenguer III, había muerto de parto poco después (1105). El conde barcelonés se sentía libre de vínculos contractuales. Y, si bien es cierto que Mafalda de Pulla (la conexión entre Ramon Berenguer III y Robert de Culley) ya había muerto también (1111), los tíos y primos "vikingos" del conde barcelonés —los hermanos y los sobrinos pulleses y calabreses de la difunta Mafalda— estaban bien vivos y conservaban una gran capacidad de influencia en la corte catalana.
¿Qué misión se asignó a los vikingos de Culley?
La misión de los vikingos de Culley consistiría en asegurar el nuevo territorio: emplazar en él una fuerza militar (su hueste) que disuadiera a los valíes andalusíes de Tortosa y de Lleida de lanzar expediciones sanguinarias contra la obra repobladora del Camp de Tarragona. Esto implicaba fijar y encuadrar la nueva población: situar a los nuevos pobladores (procedentes mayoritariamente de la Catalunya central) en los pueblos arruinados por el abandono (Tarragona) y en los pueblos de nueva creación (Reus). Empleando el terrible sistema feudal, que ya había triunfado plenamente en la Europa de la época y que había situado a las clases populares de la sociedad en un estadio de semiesclavitud. Robert, su esposa —la catalana Agnès Sibilla— y sus hijos, Guillem, Robert, Ricard y Berenguer, se convirtieron en los señores absolutos del Camp de Tarragona.
El conflicto con la Iglesia
El objetivo del poder condal barcelonés era restaurar la sede arzobispal de Tarragona —que databa de la época romanovisigótica— para desvincular a los obispos catalanes del metropolitano de Narbona y completar el proceso de independencia iniciado un siglo y medio antes (987). Por lo tanto, se había previsto que, en aquel escenario feudal que imperaba en todo el continente, Tarragona se convertiría en plaza de jurisdicción compartida: eclesiástica y nobiliaria (el arzobispado y los Culley). Con los dos primeros arzobispos —Oleguer y Bernat—, el más que probable conflicto permaneció en un estado larvado. Pero con la llegada del tercer metropolitano, el poderoso y avaricioso Hug de Cervelló (1163) —aunque Robert ya había muerto (1157)—, estallaría una guerra entre los vástagos Culley y su particular trama de lealtades, y el arzobispo Hug y el personal religioso de la plaza.
El desenlace del conflicto
Cuando Hug puso los pies en la mitra de Tarragona, la amenaza andalusí se había alejado hasta más allá del Ebro, y el nuevo y ambicioso arzobispo argumentó que la presencia de los Culley ya no era necesaria. Ramón Berenguer III —el valedor de los Culley— ya había muerto (1131), y su hijo y sucesor Ramón Berenguer IV, también (1162). Reinaba Alfonso el Casto, que parecía ajeno a una espiral de violencia que resultaría fatal. Unos secuaces del arzobispo asesinarían al primogénito de Robert, el heredero Guillem (1168), y un tiempo más tarde, Berenguer —el pequeño de los Culley— entraría en la catedral —todavía en obras— mientras se oficiaba la misa, colocaría al arzobispo Hug sobre el ara del altar y, en presencia de toda la feligresía, lo degollaría (1171).
El fin del Principado de Tarragona
Tras la recuperación de Tarragona, Ramón Berenguer III había recompensado a Robert de Culley con el título de príncipe de Tarragona (Hombre Principal de Tarragona y de su campo), únicamente sujeto a la autoridad del conde de Barcelona. Pero con el asesinato del arzobispo Hug, el rey Alfonso se vio en la disyuntiva de encarcelar y confiscar a los Culley o facilitarles una huida para impedir que les alcanzara el rigor de la justicia. En una decisión claramente política, les facilitó la huida y les procuró la acogida en Mallorca (1171), por aquel entonces, todavía, un dominio musulmán. Así se puso fin a un principado que, con el transcurso del tiempo, podría haber sido como el de Andorra o el de Mónaco. Pero, por otro lado, pasado medio siglo y desde su exilio, los Culley/Aguiló colaborarían en la conquista catalana de Mallorca (1229).
