Entrar en la librería Ona es una experiencia aparentemente sencilla: estanterías llenas de libros en catalán, recomendaciones cuidadas, un ambiente tranquilo y una sensación de orden que invita a quedarse. Pero esta calma es, en realidad, el resultado de un trabajo constante, invisible y a menudo desconocido, que va mucho más allá de vender libros.

Llibreria Ona | Foto: Alba Richart
Zona de mapping de la Petitona, en la Llibreria Ona | Foto: Alba Richart

La Llibreria Ona no funciona como una tienda convencional. No es un espacio donde los libros simplemente llegan y se exponen. Cada título que hay en las estanterías ha pasado antes por un proceso de selección, lectura y criterio. El catálogo no es automático ni está gobernado por modas o por la presión de las novedades masivas: es una construcción consciente, sostenida en el tiempo, que responde a una idea clara de país, de lengua y de cultura.

El trabajo previo que no se ve

Este trabajo previo, el que no se ve, comienza mucho antes de que un libro llegue a manos del lector. Implica leer catálogos editoriales, detectar voces nuevas, recuperar autores olvidados, seguir pequeñas editoriales y asumir riesgos que no siempre tienen retorno inmediato. También implica decir que no a muchos libros: no todo lo que se publica entra en Ona, y esta renuncia forma parte de su modelo. No es censura ni elitismo, sino coherencia.

Llibreria Ona | Foto: Alba Richart
Cartel 'Mantinc el català' en la Llibreria Ona | Foto: Alba Richart

El trabajo invisible también es logística. Gestionar un fondo vivo de miles de títulos, controlar stocks, hacer pedidos pequeños y ajustados, devolver libros que no se venden, hablar constantemente con distribuidores y editoriales. Es una tarea minuciosa, a menudo poco visible para el público, pero imprescindible para que la librería funcione con precisión quirúrgica.

Hay, además, un trabajo relacional que no sale en las fotografías. La relación con los lectores es clave: escuchar, hacer recomendaciones personalizadas, generar confianza. Esta atención requiere tiempo, formación y un conocimiento profundo del fondo, pero también una actitud que rehúya la prisa y la venta fácil.

Ona Batallé a la llibreria Ona | Foto: Alba Richart
Iolanda Batallé en su despacho de la librería Ona | Foto: Alba Richart

La librería es también un espacio cultural que funciona gracias a un trabajo previo ingente, además de las 40.000 referencias en catalán -el lugar del mundo con más referencias en catalán,- también se organizan presentaciones, clubes de lectura, encuentros con autores, talleres de cuentacuentos, talleres de dibujo, talleres de juegos, recitales poéticos, conciertos, debates filosóficos. Esto representa entre tres y seis actos diarios. Detrás de cada acto hay horas de coordinación, comunicación, preparación y seguimiento. Todo esto ocurre a menudo fuera del horario de apertura, cuando las puertas ya están cerradas, pero la librería continúa trabajando.

 

Un libro es una cadena de entusiasmo

Llibreria Ona | Foto: Alba Richart
Una de las capillas de la Llibreria Ona | Foto: Alba Richart

En un momento en que muchas librerías luchan por sobrevivir en un mercado dominado por grandes plataformas, Ona apuesta por un modelo lento, exigente y profundamente comprometido con la cultura catalana. No es solo una librería que vende libros en catalán: es una estructura que trabaja cada día para que estos libros existan, circulen y lleguen a los lectores adecuados.

Librería Ona | Foto: Alba Richart
Una chica tocando el piano en la Llibreria Ona | Foto: Alba Richart

El recorrido físico por la librería es también un recorrido por sus decisiones. Desde la escultura de Alicia Martín, una ola hecha de libros que da la bienvenida, hasta las diferentes secciones, todo está pensado para que el lector entienda que no se encuentra ante un simple escaparate. Hay espacios dedicados a la literatura catalana traducida a otras lenguas, una selección semanal que cambia según las apuestas del equipo, y secciones que reivindican géneros tradicionalmente poco presentes en catalán, como la novela negra, la fantasía o la histórica. Incluso los lavabos forman parte del relato: se entra "por la biblioteca", como en un pasillo secreto, y las paredes están llenas de dibujos y textos hechos por los mismos lectores. Más allá de los libros también se venden productos relacionados con la lectura y juguetes en catalán. Todo habla de una librería que quiere ser habitada, no solo visitada.

Librería Ona | Foto: Alba Richart
Llibreria Ona | Foto: Alba Richart

Esta idea de casa se extiende a los espacios menos visibles pero igualmente esenciales: el almacén, la Petitona, las capillas o la Bookeria. Es aquí donde llegan cada día camiones de libros, donde se preparan pedidos que viajarán por todo el mundo gracias a la tienda en línea, y donde el equipo empieza a trabajar desde primera hora de la mañana. Clasificar, etiquetar, comprobar fichas, reponer libros vendidos, controlar stocks, hacer devoluciones, programar actividades culturales o detectar libros desubicados con las llamadas “pistolas” forma parte de un engranaje constante. Una actividad intensa que no siempre se ve, pero que convierte a Ona en mucho más que una librería: una casa de cultura viva, comunitaria y sostenida por un trabajo diario que raramente sale al escaparate.

Llibreria Ona | Foto: Alba Richart
Librería Ona, espacio capilla | Foto: Alba Richart

En este reportaje en vídeo, Iolanda Batallé y todos los libreros y libreras que trabajan en él, Magda Farré, Kim Sanabria, Guillem Seva, Jordi Fargas, Albert Camps, Núria Alcalà, Patty Scherk, Anna Molins y Roser Calafell ponen palabras y rostro a este proyecto. El reportaje explica su otra cara: el trabajo silencioso, sostenido y a menudo invisible que hace posible que, cuando alguien entra en Ona, todo parezca fácil. Pero no lo es. Y quizás es precisamente por eso que funciona.