Las etiquetas energéticas de los electrodomésticos llevan años presentes en tiendas y catálogos, pero muchos consumidores siguen sin ser plenamente conscientes de su impacto real en el gasto doméstico. Más allá de las letras y colores, la clasificación energética determina cuánto costará mantener un aparato encendido durante años.

El actual sistema de eficiencia energética, basado en la escala de la A a la G, no introduce una novedad estética, sino un cambio de lectura para el comprador. La etiqueta se ha diseñado para facilitar la comparación y evitar la confusión que durante años generaron las antiguas categorías A+, A++ o A+++. El objetivo es que el consumidor identifique con mayor claridad qué opción supone un menor consumo.

Por qué la letra importa en tu bolsillo

La clasificación energética no es un simple distintivo técnico. Refleja el nivel de eficiencia del electrodoméstico y, por tanto, su consumo eléctrico. Dos aparatos con funciones similares pueden presentar diferencias sustanciales en gasto energético anual, lo que se traduce directamente en la factura de la luz. Un frigorífico, una lavadora o un lavavajillas operan durante largos periodos de tiempo. Incluso pequeñas variaciones en el consumo por ciclo o por hora terminan generando diferencias económicas relevantes.

(PRINCIPAL) Eficiencia energética

La nueva escala también evita falsas percepciones. Muchos productos que antes aparecían como A+++ ahora se sitúan en categorías inferiores, no porque consuman más, sino porque los criterios de eficiencia son más exigentes. La etiqueta ya no busca premiar masivamente a los aparatos excelentes, sino mantener margen de mejora tecnológica.

Como leer la etiqueta para maximizar el ahorro

Las nuevas etiquetas no solo informan del consumo eléctrico. Incorporan datos clave como consumo de agua, capacidad de carga o nivel de ruido, factores que también influyen en el gasto doméstico y en la experiencia de uso. Además, incluyen un código QR que permite acceder a información ampliada del producto. La ausencia de electrodomésticos en clase A responde precisamente a esta lógica. El sistema reserva ese nivel para futuras mejoras tecnológicas, evitando que la categoría pierda valor informativo. En la práctica, comparar letras dentro de la nueva escala resulta más fiable que bajo el antiguo etiquetado.

Comprender la etiqueta energética permite al consumidor transformar una decisión de compra en una estrategia de ahorro a largo plazo. No se trata únicamente del precio en tienda, sino del coste real de funcionamiento durante años. Y ahí, la eficiencia energética deja de ser un detalle técnico para convertirse en una variable económica decisiva.