La historia de la cultura europea está llena de mujeres reducidas al papel de “musa”, cuando en realidad fueron pensadoras incómodas, brillantes y difíciles de encasillar. Lou Andreas-Salomé pertenece a esa estirpe. Se la recuerda por haber fascinado a Nietzsche, por su vínculo con Rilke o por su cercanía intelectual con Sigmund Freud, pero durante demasiado tiempo se pasó por alto lo esencial: Lou no orbitaba alrededor de ellos, caminaba en paralelo.

Sigmund Freud LIFE
Sigmund Freud LIFE

Nacida en San Petersburgo en 1861, fue una mujer adelantada a su tiempo. Filósofa, escritora y ensayista, rechazó desde joven el matrimonio tradicional y defendió una independencia intelectual que escandalizaba a sus contemporáneos. Nietzsche se enamoró perdidamente de ella; ella no. Mantuvieron una relación intensa, compleja, marcada por la admiración y también por la tensión. Lou se negó a ocupar el lugar que se esperaba de ella y esa negativa dejó una huella profunda en el filósofo alemán.

Freud sentía una gran admiración intelectual por Lou Andreas-Salomé 

Con Freud ocurrió algo distinto. Entre ambos se estableció un vínculo de respeto intelectual poco habitual. Freud, celoso de su método y poco dado a las concesiones, hizo con Lou excepciones que no otorgaba a casi nadie. La invitó a sus célebres reuniones de los miércoles, confió en su criterio y aceptó sus aportaciones teóricas, incluso cuando matizaban o afinaban conceptos centrales del psicoanálisis. No era discípula sumisa ni rival: era interlocutora.

Lou Andreas-Salomé reflexionó como pocas sobre el narcisismo, el deseo y la sexualidad femenina. Allí donde Freud analizaba desde una mirada inevitablemente masculina, ella introducía matices que ampliaban el campo. No buscaba confrontarlo, sino completar aquello que quedaba fuera del encuadre. Leyéndola hoy, se tiene la sensación de que muchas de sus intuiciones siguen siendo incómodamente actuales.

Su figura también ayuda a entender una forma distinta de soledad y de egoísmo. No como carencias, sino como elecciones conscientes. Lou defendía una vida propia, no negociable, desde la que vincularse con los demás sin diluirse. Amó, escribió, pensó y vivió sin pedir permiso, algo que en su época se paga caro.

Quizá por eso fue más admirada que leída, más comentada que comprendida. Recuperar a Lou Andreas-Salomé es rescatar a una mujer que no fue solo la musa de Freud ni la amante de Nietzsche, sino una pensadora con voz propia que se negó a ocupar un lugar secundario en la historia. Y eso, en sí mismo, sigue siendo profundamente revolucionario.

lou andreas salome
lou andreas salome