Imaginad que termináis el bachillerato y, en lugar de matricularos en una carrera, pasáis un año en San Francisco construyendo un robot, investigando una idea que os obsesiona o intentando crear una empresa. No hay asignaturas semestrales ni exámenes tradicionales. Trabajáis con otros jóvenes, recibís consejos de fundadores de empresas tecnológicas y podéis hacer una estancia en una compañía como Stripe o Google.

Esta es la propuesta de la Horowitz Andreessen Academy, presentada hace unas semanas. La impulsa Gagan Biyani, cofundador de las plataformas educativas Udemy y Maven, con el apoyo del fondo de inversión Andreessen Horowitz. La primera promoción, de unos cincuenta estudiantes, está prevista para septiembre de 2027. Será un programa de un año sin matrícula, aunque los alumnos deberán asumir, en principio, el coste de vivir en San Francisco. La academia todavía no ha comenzado las clases y no otorgará ningún título universitario ni créditos académicos. Es, de momento, una apuesta; no un éxito demostrado.

Pero las apuestas también nos dicen hacia dónde se mueve el mundo. Y esta toca una pregunta que las universidades no pueden esquivar: ¿qué significa formar a alguien cuando la inteligencia artificial puede ayudarle a escribir, programar, analizar datos o preparar un plan de negocio?

La respuesta de la academia se organiza alrededor de tres piezas. La primera son los proyectos que eligen los propios estudiantes: una investigación, una aplicación, una obra artística o cualquier problema al que quieran dedicar tiempo de verdad. La segunda son cursos breves impartidos por profesionales. La tercera son estancias en empresas para aprender trabajando en ellas. Entre los socios fundadores anunciados se encuentran Anthropic, OpenAI, Nvidia, Meta, Google y Stripe.

Una nueva academia impulsada por Andreessen Horowitz quiere formar a jóvenes a través de proyectos, mentores y estancias en empresas tecnológicas

Ninguno de estos ingredientes es nuevo por separado. Hace décadas que existen el aprendizaje por proyectos, las prácticas y los profesores que vienen del mundo profesional. La novedad es convertirlos en el centro de la experiencia educativa, justo cuando la IA está alterando la manera de hacer muchos de estos trabajos. La pregunta deja de ser si un alumno puede producir un texto o un programa sin ayuda. Ahora también hay que ver si sabe identificar un problema que valga la pena resolver, trabajar con otras personas, juzgar las respuestas de la máquina y llevar una idea hasta el final.

Pensemos en un trabajo de clase. Si el encargo es "haz un resumen de este tema", una IA lo puede entregar en segundos. Prohibir su uso puede ser útil en algunos ejercicios, pero no puede ser toda la respuesta educativa. Podríamos pedir al estudiante que entreviste a usuarios, contraste datos, construya un prototipo y defienda por qué ha tomado unas decisiones y no otras. La IA le podría ayudar durante todo el proceso. Precisamente por eso veríamos mejor qué aporta él: criterio, iniciativa, capacidad de corregir errores y responsabilidad por el resultado.

La academia también recuerda algo que a menudo olvidamos cuando hablamos de cursos en línea y tutores artificiales: la universidad es un lugar donde encuentras personas. Compañeros con quienes discutes, profesores que te desafían, amigos con quienes acabas emprendiendo o cambiando de opinión. Andreessen Horowitz quiere reproducir esta densidad de relaciones en el corazón de San Francisco, junto a las empresas que están construyendo la IA. En este sentido, vende mucho más que clases: vende un entorno y una red de contactos.

Aquí también aparecen sus límites. Seleccionar a unos cincuenta jóvenes que ya han construido proyectos impresionantes y situarlos en una de las redes profesionales más potentes del mundo puede dar buenos resultados. Pero no nos dirá, por sí solo, cómo educar a cientos de miles de estudiantes con intereses, recursos y puntos de partida muy diferentes. Y una matrícula gratuita no elimina el coste de vivir en San Francisco. Tampoco se debe confundir formar personas con prepararlas exclusivamente para trabajar en empresas tecnológicas. Necesitamos ingenieros y emprendedores, pero también médicos, maestros, juristas, científicos y ciudadanos capaces de cuestionar las decisiones de estas empresas.

Quizás lo más interesante no es si sustituirá a la universidad, sino la pregunta que le plantea

Por eso la respuesta no debería ser copiar la academia. Debería ser experimentar con la misma ambición. Una universidad podría reservar un semestre para que equipos de estudiantes resolvieran problemas reales con empresas, administraciones o entidades sociales. Podría combinar profesores y profesionales en cursos intensivos, evaluar los proyectos por el proceso y por el resultado, y exigir a los alumnos que explicaran cómo han utilizado la IA. Podría probarlo con grupos pequeños, medir qué aprenden y ampliar solo aquello que funciona.

Las universidades tienen una fortaleza que una nueva academia todavía tiene que construir: conocimiento profundo en muchos campos, experiencia investigadora y la capacidad de reunir a personas que piensan de maneras diferentes. Sería un error perderlo persiguiendo la última moda de Silicon Valley. Pero también lo sería pensar que basta con añadir una asignatura de IA a unos estudios diseñados para otro mundo.

La Horowitz Andreessen Academy puede funcionar o puede fracasar. Todavía no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que se ha atrevido a plantear una educación superior construida a partir de la realidad actual, no de la de ayer. Si la IA nos obliga a aprender y trabajar de otra manera, las instituciones que nos forman también se tienen que permitir probar, equivocarse y volver a empezar.