La guerra íntima de la inteligencia artificial
- Mookie Tenembaum
- Buenos Aires. Viernes, 4 de septiembre de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 2 minutos
En julio de 2026 ocurrió algo revelador en la industria de la inteligencia artificial. Más de 20 empresas tecnológicas firmaron una carta pública dirigida al gobierno de Estados Unidos con el pedido de que no se prohíban los modelos de IA de pesos abiertos. Entre los firmantes figuraron Nvidia, Microsoft, Meta, Palantir e IBM. Sin embargo, tres nombres brillaron por su ausencia: OpenAI, Anthropic y Google. Y esa lista de ausentes contó la verdadera historia. Un modelo de IA es un programa que aprende de cantidades enormes de datos. Los modelos cerrados solo se usan a través de sus dueños, quienes cobran por cada consulta. Los algoritmos de pesos abiertos se descargan gratis y cada empresa los ejecuta en sus propios equipos. La diferencia es económica porque en un caso el poder queda en manos del creador y en el otro se dispersa entre los usuarios.
El detonante fue Moonshot AI, una empresa china que lanzó un modelo abierto llamado Kimi K3. Sus capacidades sorprendieron a Washington y alarmaron a los laboratorios estadounidenses. Un funcionario de la Casa Blanca acusó a Moonshot de haber entrenado su modelo mediante destilación; es decir, usando las respuestas de un algoritmo superior ajeno. Se trata del alumno que copia al maestro sin pagar la matrícula. Así, el gobierno insinuó sanciones y algunos pidieron la prohibición de los modelos chinos. Fue entonces cuando el sector se partió en dos bandos. El cisma no responde a la ideología, sino a la posición de cada empresa en la cadena del negocio. Nvidia vende los procesadores con que se entrena y ejecuta toda la IA del mundo.
Un mundo con tres laboratorios cerrados es uno con pocos compradores
Es el vendedor de palas en la fiebre del oro. Por lo tanto, le da igual quién encuentre el oro; solo le importa que muchos caven. Cuantos más modelos existan y más gente los use, más procesadores vende. Y los modelos abiertos multiplican los usuarios porque cualquiera puede ejecutarlos. Un mundo con tres laboratorios cerrados es uno con pocos compradores. Así, su presidente Jensen Huang confesó que los grandes modelos generan más uso. Huang, además, presionó durante meses para venderle procesadores a China. Por lo tanto, una prohibición de modelos chinos envenenaría ese mercado. Palantir juega otro juego con la misma lógica. No vende modelos, sino aplicaciones construidas sobre algoritmos para gobiernos y empresas. Su interés es que el programa se vuelva una materia prima barata e intercambiable, como la harina para un panadero. Si los laboratorios cerrados dominan, Palantir paga precios altos por su insumo y negocia desde la debilidad.
Pero si los modelos abiertos abundan, su insumo es gratuito y el valor se desplaza hacia su capa del negocio. Microsoft y Meta razonan de modos parecidos porque uno vende la nube donde todo se ejecuta y el otro regala modelos abiertos para socavar a quienes cobran por los cerrados. Del otro lado están los dueños de las minas. OpenAI y Anthropic alcanzaron al momento de escribir estas líneas valoraciones cercanas al billón de dólares. Esas cifras descansan sobre la apuesta de que sus modelos cerrados conservarán una ventaja duradera, justificando precios superiores. Cada modelo abierto de calidad erosiona esa apuesta. Si un programa gratuito hace el 90% del trabajo, pocos pagarán el precio completo por el 10% restante. Por eso ninguno de los tres grandes laboratorios cerrados firmó la carta. Su silencio fue el argumento más elocuente del documento.
Hay algo casi teológico en la disputa. Cada bando invoca la seguridad nacional, la innovación y el bien común. Pero las razones coinciden con sospechosa exactitud con los balances de cada empresa. Los inversores incluso acusaron a Anthropic de exagerar el peligro de los modelos abiertos para consolidar su ventaja. La lección excede a la IA. Cuando una industria discute principios, conviene mirar primero quién vende qué. La carta de julio no enfrentó a idealistas contra pragmáticos, ni a halcones contra palomas; marcó un contrapunto entre quienes ganan con la abundancia y quienes se benefician con la escasez. Esa fue siempre la disputa más antigua del comercio y la IA solo le puso un vocabulario nuevo.
Las cosas como son.