Un informe elaborado por la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea) señala que la irrupción de la inteligencia artificial en la economía global consolida un escenario marcado por la dualidad. Las perspectivas de crecimiento asociadas a esta tecnología conviven con advertencias sobre posibles desequilibrios estructurales, en una fase inicial que aún no permite establecer conclusiones definitivas sobre su alcance. El estudio subraya que la inteligencia artificial no se limita a introducir mejoras en los procesos productivos, sino que puede alterar de manera significativa la organización de la producción, la competencia entre empresas y la distribución de rentas. Esta capacidad transformadora sitúa la IA en la categoría de las tecnologías de uso general, con un potencial comparable al de otras grandes revoluciones.

A diferencia del episodio de la burbuja puntocom de finales de los años 90, el desarrollo actual de la inteligencia artificial se produce sobre una base tecnológica ya desplegada. La existencia de un ecosistema digital consolidado, con infraestructuras de red, capacidad de computación y una elevada penetración de herramientas digitales, actúa como soporte material para su crecimiento. Este contexto reduce el riesgo de un desajuste entre expectativas y realidad como el que se produjo en aquel período, aunque la evolución del sector continúa sujeta a incertidumbres vinculadas al ritmo de adopción por parte de las empresas y a su integración efectiva.

Los límites del desarrollo

La expansión de la inteligencia artificial está estrechamente vinculada al crecimiento de la capacidad de computación, especialmente a través de centros de datos de gran escala. Según el informe, estas infraestructuras se han convertido en un recurso estratégico dentro del ecosistema. Este desarrollo conlleva, sin embargo, un incremento notable del consumo energético, que se configura como uno de los principales retos del sector. Las necesidades eléctricas asociadas a los centros de datos condicionan tanto su viabilidad económica como su aceptación social y territorial. En este marco, España aparece como un espacio emergente para la implantación de este tipo de infraestructuras, a pesar de que varios proyectos afrontan reticencias por parte de la población vinculadas al impacto energético.

El análisis de Fedea apunta que la Unión Europea parte de una posición más débil en el desarrollo de grandes modelos de inteligencia artificial y en la provisión de infraestructuras de computación a gran escala. Esta desventaja ha situado el refuerzo de las capacidades digitales como una prioridad estratégica. Los autores destacan la necesidad de consolidar un ecosistema propio que permita reducir dependencias tecnológicas e impulsar la innovación. Esto implica, entre otros factores, facilitar el despliegue de centros de datos mediante marcos regulatorios claros.

El informe indica que el impacto económico de la inteligencia artificial dependerá en gran medida de su capacidad para traducirse en incrementos de productividad. A pesar del consenso sobre su potencial, los resultados finales están condicionados por la velocidad de adopción por parte de las empresas y por su complementariedad con otras tecnologías digitales. Además, el documento señala que la plena explotación de estas herramientas requiere cambios organizativos e inversiones en capital humano, elementos que han sido determinantes en otros procesos de innovación tecnológica.

Concentración de mercado y riesgos competitivos

Desde el punto de vista de la competencia, el estudio identifica una dinámica dual. La inteligencia artificial puede facilitar la entrada de nuevos actores y la creación de modelos de negocio innovadores, pero también puede favorecer procesos de concentración. El peso de los grandes volúmenes de datos, la capacidad de computación y las economías de escala pueden consolidar posiciones dominantes en determinados segmentos, especialmente en el desarrollo de modelos avanzados y en la provisión de infraestructuras en la nube. Este escenario plantea la necesidad de vigilancia por parte de las autoridades de competencia.

El trabajo analiza los diferentes enfoques regulatorios que están emergiendo a escala internacional. La Unión Europea ha optado por un modelo basado en la regulación previa en función del riesgo, con el objetivo de garantizar la seguridad y la protección de los derechos fundamentales. En cambio, Estados Unidos mantiene una aproximación más flexible, con una menor carga normativa para las empresas, mientras que China combina la promoción tecnológica con un control regulatorio selectivo sobre determinadas aplicaciones. Estas diferencias reflejan prioridades estratégicas diversas y plantean el reto de equilibrar la innovación con la protección de los diferentes actores implicados.

La inteligencia artificial se configura, según Fedea, como una tecnología con capacidad para transformar de manera transversal la economía. Su impacto final dependerá tanto de la evolución tecnológica como de las decisiones de política pública en ámbitos como la regulación, la competencia y la inversión en infraestructuras. Según concluye el informe, la configuración de un marco que permita fomentar la innovación y, a la vez, gestionar los riesgos asociados será determinante para definir la distribución de los beneficios económicos en los próximos años.