Dentro de cuatro años celebraremos otro 11 de Septiembre. No sabemos si entonces ya hablaremos con normalidad de inteligencia artificial general, pero sí que podemos imaginar una Catalunya donde una parte importante del trabajo intelectual que hoy consideramos especializado se pueda hacer en segundos. La cuestión no es si este futuro llegará exactamente así, sino si nos estamos preparando para una transformación que empieza a parecer menos tecnológica que social. Imaginemos por un momento que hoy no es el 11 de septiembre de 2026, sino el 11 de septiembre de 2030.

Una pequeña empresaria catalana está preparando la entrada de su producto en el mercado alemán. No dispone de un gran departamento de internacionalización: varios agentes de inteligencia artificial han analizado el mercado, comparando competidores, preparando escenarios financieros, revisando la regulación y redactando las primeras propuestas comerciales en alemán. Ella dedica la mañana a aquello que sigue considerando realmente suyo: decidir qué riesgo quiere asumir, con quién quiere asociarse y qué tipo de empresa quiere construir.

En una escuela, un adolescente conversa en catalán con un tutor artificial que conoce sus dificultades en matemáticas y cambia de explicación hasta que entiende el problema. En un CAP, el médico entra en la consulta con la historia del paciente resumida, las pruebas relevantes identificadas y varias hipótesis ordenadas para que las valore. Y una mujer de 78 años resuelve hablando con el teléfono un trámite con la Administración que unos años antes habría exigido formularios, certificados y, probablemente, alguna llamada desesperante. Nada de todo esto exige imaginar máquinas conscientes ni robots dominando el planeta. Basta con prolongar durante unos cuantos años algunas tendencias que ya estamos observando.

Mientras estos días discutimos si los últimos modelos merecen o no la etiqueta de inteligencia artificial general —AGI, por sus siglas en inglés—, quizás estamos dedicando demasiada atención al nombre y demasiado poca a la trayectoria. El AI Index 2026 de Stanford muestra que los modelos más avanzados ya igualan o superan referencias humanas en determinadas pruebas de ciencia, matemáticas y razonamiento, aunque siguen fallando de manera sorprendente en otras tareas. METR, una organización que intenta medir durante cuánto tiempo una IA puede desarrollar autónomamente una tarea compleja, observa también un crecimiento muy rápido de esta capacidad.

¿Qué pasará si la inteligencia se convierte progresivamente en un recurso abundante?

No sabemos dónde está el límite. Lo que importa es que, de momento, no parece que nos estemos acercando. Y aquí aparece una posibilidad que me parece más interesante que la discusión semántica sobre la AGI: ¿qué pasará si la inteligencia se convierte progresivamente en un recurso abundante? Catalunya debería prestar una atención especial a esta pregunta porque hace mucho tiempo que construimos prosperidad alrededor del conocimiento, la iniciativa empresarial y la capacidad de transformar ideas en actividad económica. Hoy tenemos más de 2.400 start-ups, más del doble que hace una década, que dan trabajo a más de 30.000 personas. Catalunya concentra, además, una parte muy significativa de las empresas innovadoras del Estado. No es una mala posición desde donde afrontar el siguiente salto tecnológico.

Pero el emprendimiento también cambiará. Hasta ahora, crear una empresa significaba reunir muchas capacidades escasas: alguien que analizara el mercado, alguien que entendiera de finanzas, un especialista en marketing, un programador, un abogado o un traductor. En 2030, una pequeña empresa podría disponer de buena parte de esta capacidad intelectual por un coste ridículo comparado con el actual. Esto no significa necesariamente que desaparezcan estos profesionales, y conviene huir de las apocalipsis laborales. La Organización Internacional del Trabajo estima que uno de cada cuatro trabajadores del mundo ya ejerce una ocupación con algún grado de exposición a la IA generativa, pero considera mucho más probable la transformación de los puestos de trabajo que su desaparición masiva.

Lo que sí puede cambiar es dónde reside el valor. Cuando obtener diez alternativas sea fácil, elegir la correcta será más importante. Cuando cualquier persona pueda disponer de un análisis razonablemente bueno, conocer el contexto, detectar qué falta y asumir una decisión, adquirirá más valor. También puede cambiar nuestra idea de talento. Quizás dejaremos de contratar a alguien solo porque "sabe hacer" una determinada tarea y empezaremos a valorar mucho más su capacidad para definir problemas, combinar inteligencias, relacionarse con los demás y responsabilizarse del resultado. Con la educación pasará algo parecido, pero Catalunya tiene una particularidad adicional: la lengua.

Durante años hemos discutido cómo preservar el catalán en internet. La llegada de la IA modifica la naturaleza del problema porque probablemente nos encaminamos hacia una red cada vez menos basada en escribir y buscar y cada vez más basada en conversar. Si dentro de pocos años una parte importante de nuestra relación con el conocimiento, la Administración, la educación o incluso el coche se produce a través de asistentes artificiales, que estos sistemas entiendan, hablen y generen un buen catalán dejará de ser un detalle tecnológico para convertirse en una cuestión cultural.

Durante años hemos discutido cómo preservar el catalán en internet. La llegada de la IA modifica la naturaleza del problema

El reto es real. Según Idescat, más del 90% de la población de 15 años o más entiende el catalán, pero solo aproximadamente un tercio declara utilizarlo como lengua habitual. Al mismo tiempo, iniciativas como el Projecte Aina están construyendo corpus, modelos y recursos lingüísticos para que las aplicaciones de inteligencia artificial también puedan desarrollarse en catalán. Aquí la IA puede ser una amenaza o una oportunidad. Si las grandes interfaces inteligentes funcionan mediocremente en catalán, contribuirán a hacerlo menos útil. Si funcionan extraordinariamente bien, pueden conseguir justo lo contrario: que cualquier niño disponga de un tutor que le explique física en catalán, que cualquier empresa pueda generar contenidos de calidad en nuestra lengua o que una persona recién llegada pueda aprenderla conversando desde el primer día.

Las lenguas pequeñas no están necesariamente condenadas por la inteligencia artificial. Pero tampoco sobrevivirán digitalmente por decreto. La sanidad ofrece otro ejemplo especialmente catalán. Salut absorbe una parte muy importante del presupuesto de la Generalitat y deberá responder, además, al envejecimiento de la población, el aumento de la cronicidad y la escasez de determinados profesionales. Si pensamos en el 2030, el interés de la IA no consiste solo en conseguir diagnósticos espectaculares. Puede ser en miles de pequeñas mejoras: reducir documentación, resumir historiales enormes, anticipar riesgos, gestionar mejor el seguimiento domiciliario o ayudar al profesional a encontrar la evidencia clínica adecuada.

En un sistema sanitario tensionado, recuperar diez minutos de burocracia para convertirlos en diez minutos de atención al paciente también es innovación. Y probablemente una de las más valiosas. Incluso nuestra vieja relación con la Administración puede cambiar. Durante años hemos digitalizado la burocracia: el formulario que antes rellenábamos en papel ahora lo rellenamos en una pantalla. Pero esto no siempre significa que hayamos eliminado la burocracia. La IA permite imaginar algo diferente: que sea la misma Administración quien entienda nuestra situación, recupere la información que ya tiene y nos ayude activamente a resolver el trámite. El verdadero gobierno digital no debería consistir en conseguir que los ciudadanos aprendamos a utilizar mejor la Administración, sino en conseguir que la Administración necesite cada vez menos esfuerzo de los ciudadanos.

La IA permite imaginar algo diferente: que sea la misma Administración quien entienda nuestra situación, recupere la información que ya tiene y nos ayude activamente a resolver el trámite

Naturalmente, esta Catalunya del 2030 también tendrá problemas nuevos. Fraudes extraordinariamente convincentes, ciberataques más sofisticados, decisiones automatizadas difíciles de explicar, dependencia de grandes plataformas extranjeras o trabajadores que descubrirán que una parte importante de aquello por lo que se les pagaba se puede hacer de otra manera. Por eso preparar el futuro no significa entusiasmarse ciegamente con la tecnología.

Significa construir las capacidades, las reglas y las instituciones necesarias para gobernarla. Y aquí hay quizás una cuestión de fondo. Catalunya se ha sabido reinventar varias veces. Fue una sociedad industrial antes que buena parte de su entorno, desarrolló una extraordinaria tradición empresarial y comercial y, posteriormente, ha construido un ecosistema universitario, científico, sanitario y tecnológico considerable. Difícilmente competiremos con Estados Unidos o China para tener el modelo de inteligencia artificial más grande del planeta. Probablemente tampoco sea necesario.

Nuestra oportunidad puede ser otra: convertir Catalunya en uno de los lugares que mejor sepan convivir, trabajar, aprender, emprender y gobernar con inteligencias artificiales cada vez más capaces. Cuando llegue el 11 de septiembre de 2030, probablemente continuaremos discutiendo muchas de las cosas que discutimos hoy. Pero quizás profesores, médicos, empresarios, funcionarios, periodistas, ingenieros y estudiantes trabajarán ya acompañados permanentemente por capacidades intelectuales artificiales que hoy apenas empezamos a comprender.

Si esto ocurre, la gran escasez quizás ya no será encontrar información, escribir un texto, preparar un análisis o generar una idea. Será algo bastante más antiguo: saber qué queremos hacer con todo ello. No es una perspectiva que deba hacernos pesimistas. Quizás tendremos que dedicar menos tiempo a producir pensamiento rutinario y podremos dedicar más a aquello que sigue siendo difícil incluso cuando las respuestas abundan: decidir qué queremos, distinguir lo relevante de lo simplemente posible, confiar en los demás, cuidar, crear propósito y hacernos responsables de las decisiones que tomamos. Quizás en 2030 la inteligencia será mucho más barata. El buen criterio, probablemente, no.