Samanta Villar no era un reportero más, ella quiso conocer cómo vivían cada uno de los colectivos que entrevistaba. Seguramente fue el rostro más extremo del periodista en España. Y es que ella si hablaba de droga se sumergía con una banda de narcotráfico durante 21 años, o lo mismo sucedía con la industria del cine para adultos, entre muchos otros reportajes. Quería sentir en sus carnes lo que sentían sus entrevistados para comprenderles y hablar con sentido de causa. En una reciente charla, la periodista ha echado la vista atrás para analizar qué quedó en ella tras convivir con la anorexia, el mundo del porno o la heroína durante tres semanas ininterrumpidas.

Fue uno de los grandes programas de los primeros años de Cuatro, acabó siendo un verdadero experimento psicológico para su protagonista del que se vio muy afectada. Samantha explica que el mayor reto no fue la falta de sueño o las condiciones higiénicas, sino la carga emocional. Durante 21 días, no solo observaba la realidad de sus protagonistas, sino que la habitaba. Ese nivel de exposición constante, sin un muro que separara a la profesional de la persona, le acabó pasando factura.

samanta villar

Samanta Villar no descansaba cuando cerraba el reportaje, acababa destrozada 

La periodista confiesa que volver a la "normalidad" después de cada rodaje no era un proceso automático. "Te llevas el dolor de la gente a casa", viene a decir al recordar cómo se mimetizaba con entornos de exclusión o sufrimiento. Ese "shock" de realidad provocaba una desconexión con su propio entorno: resultaba difícil darle importancia a problemas cotidianos cuando venías de dormir en un poblado chabolista o de entender la mente de alguien con un trastorno alimentario severo.

Samantha Villar aprovecha esta entrevista para hablar de salud mental. El programa le exigía una entrega total, por ello vivió situaciones de estrés postraumático. Cada historia le dejaba mayores secuelas psicológicas. Después de cada programa necesitaba un tiempo de desconexión, coger distancia. Estaba perdiendo su identidad. Algunos episodios le marcaron mucho. Se le quedaron heridas.

A pesar de la dureza, Samantha no reniega del formato que la catapultó a la fama, pero sí lo mira hoy con la madurez de quien conoce los riesgos. Su testimonio sirve como una advertencia sobre los límites del periodismo y la importancia de proteger la salud mental incluso cuando el objetivo es contar la verdad más cruda.

Hoy, con la distancia que da el tiempo, Samanta Villar sigue siendo una referente, pero sus palabras recuerdan que detrás de cada titular impactante hay un ser humano que, a veces, tarda años en recuperarse de lo que nosotros consumimos en apenas una hora de televisión.