La montaña de Montserrat es un lugar de culto religioso, la montaña mágica de Barcelona, a unos 60 kilómetros. Siempre ha estado rodeada por un halo de misterio. Por ejemplo, Luis José Grifol, un empresario catalán, compartió un avistamiento de ovnis. Durante años acudía a la explanada donde dijo ver el objeto no identificable el día 11 de todos los meses. Son muchas las leyendas que se conocen de esta montaña. Se habla del famoso Santo Grial, el cáliz sagrado de la Última Cena, que podría permanecer oculto entre sus formaciones imposibles.

cremallera montserrat montana
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Hay que retroceder hasta el siglo XIII para entender esta leyenda. Se hablaba de unas rutas secretas que llegaban hasta este trofeo. Fue Wolfram von Eschenbach quien promulgó esta historia por todo el mundo a través de su poema. No se indicaba la ubicación exacta pero muchos la vincularon con Montserrat. Él hablaba de Montsalvat, y la enciclopedia británica de 1911 confirmó que se trataba de la montaña de Montserrat.

Himmler escaló Montserrat en busca del Santo Grial 

El 23 de octubre de 1940, Montserrat vivió uno de esos episodios que parecen inventados pero que la historia confirma con precisión inquietante. Heinrich Himmler, jefe de las temidas SS y uno de los hombres más poderosos del régimen nazi, subió la montaña catalana con una intención tan disparatada como real: encontrar el Santo Grial. Creía, o fingía creer, que en algún rincón del monasterio se escondía la reliquia más codiciada del cristianismo. No viajó por fe, sino por obsesión esotérica.

Himmler estaba convencido de que ciertos objetos sagrados otorgaban poder absoluto. Su proyecto, impulsado desde la organización Ahnenerbe —esa mezcla de arqueología pseudocientífica, propaganda y misticismo pagano— buscaba rastros de reliquias capaces de garantizar la supremacía eterna del Tercer Reich. En esa misión delirante, el Grial era la joya suprema: la promesa de inmortalidad, el amuleto definitivo para un régimen que soñaba con perdurar mil años.

Los ideólogos nazis creían haber encontrado una pista definitiva en una interpretación forzada del Virolai. Aquel verso sobre “la fuente mística del agua de la vida” lo tomaron literalmente como una referencia al cáliz sagrado. Si a eso se sumaba la identificación romántica entre Montsalvat —la patria legendaria del Grial— y la silueta inconfundible de Montserrat, el viaje parecía justificado para ellos. Aunque solo fuera un espejismo.

La visita, tal como se conserva en los testimonios, debió de ser un choque entre dos mundos. Himmler, altivo y rígido, fue recibido por un solo monje capaz de dialogar con él: el padre Andreu Ripoll. Entre ambos se desarrolló una conversación tensa. El jerarca nazi exigía documentos, pruebas, cualquier indicio de que la montaña escondía el Grial. Ripoll, sereno, le repetía que en Montserrat no guardaban nada parecido.

La impaciencia del visitante estalló con una frase que aún se recuerda:
“¿Cómo es posible? En Alemania todo el mundo sabe que Montserrat es la montaña del Santo Grial.”

Los monjes, intentando reconducir la situación, le mostraron a la Moreneta. Le propusieron besarla, como hacen los fieles. Himmler se negó de inmediato, incómodo ante cualquier gesto religioso que escapara a su propio imaginario.

Y así, sin reliquias, sin revelaciones y sin la pieza mística que buscaba obsesivamente, abandonó el monasterio. Montserrat, silenciosa e impenetrable como siempre, volvió a cerrar sus secretos. Y la