Juntar en un mismo espacio a tres genios como Ignasi Taltavull, Tomàs Fuentes y El Gran Wyoming solo puede traer cosas buenas. Y eso es lo que acaba de pasar en otro capítulo imprescindible de uno de los mejores podcasts que hay en YouTube, La Ruina, donde los invitados, tanto los VIPS como la gente de público, confiesan algunos momentos ruinosos, momentos de aquellos de vergüenza máxima, los muertos en el armario que todos tenemos. Así que imaginen el momento hilarante que se ha producido cuando el presentador deEl Intermedio ha ido como invitado por segunda vez. Un Wyoming que empieza reconociendo que no entiende el éxito que ha tenido, porque "Cuando yo empezaba, los presentadores de televisión eran presentadores. Y yo tengo una voz extraña, me trabuco todo el rato, me equivoco, digo nombres que no son..."... Le corta Fuentes para decir: "Bueno... Javier Cárdenas, míralo ahí, ¿eh? Javier Cárdenas también es presentador".

¿Y qué ha dicho el presentador de La Sexta al oír este nombre, al oír el nombre del presentador catalán y cuñado de Alfons Arús? "Pero ese es una mierda y yo soy un top", dice con su guasa habitual. "Si yo hubiera llegado donde Cárdenas, yo estaría acorde a mi categoría, pero si lo raro es lo mío". Un Wyoming que después ha compartido su nueva ruina, de cuando fue médico en otra vida, hace siglos, cuando estudió medicina y le llamaban con su nombre real, José Miguel Monzón, y no con este Wyoming con el que se ha convertido en un presentador muy querido y reconocido. "Como médico era una mierda, trabajé muy poco, pero me ha servido para todo". Fue médico un par de años, en la época en la que fue a hacer la mili. Hacía sustituciones. Y le enviaron a un pueblo de Madrid que se llamaba Buitrago del Lozoya. Y nada más llegar, le dijeron: "En tu puta vida dejes de cobrar el certificado de defunción, que ahora serían unos 60 euros, porque entonces nadie te lo pagará".

Falleció un hombre. Y él fue hacia allá. "Efectivamente, el difunto está muerto. Entré en la casa, hay que hacer un certificado de defunción, le dije al cuñado. Y a la viuda. Ella se quebró y se puso a llorar. Todos se ponían a llorar cuando me acercaba para cobrar. No sabía cómo solucionarlo. Nadie se quería hacer cargo. No había manera de cobrar el puto certificado. No lo cobré. ¿Y qué hice? Ponerlo de mi bolsillo... ahí está la ruina... Fue mala suerte porque me llamaban cada dos por tres diciendo que moría gente en el pueblo. Y como lo sabían, cuando me veían, ya lloraban los familiares", para no pagar. "Tuve que poner un pastón por cada certificado de defunción... De alguna manera, fue mi ruina moral y económica".
Wyoming, maravilloso, como siempre.