No todo el mundo recuerda a un Eduardo Casanova adolescente. Muchos se han quedado con la imagen del artista provocador, del director que incomoda, del chico vestido de rosa en las alfombras rojas. Pero antes de todo eso hubo un niño que dejó el colegio con apenas 14 años para meterse en un plató que, aunque parecía un juego divertido, era un trabajo. Y ahí está el punto: Casanova empezó a trabajar como si ya fuese mayor, cuando todavía no sabía ni quién era.

Eduardo Casanova

Él mismo lo ha contado alguna vez, sin dramatismos pero con un poso de melancolía. Mientras sus amigos pasaban las tardes estudiando o jugando, saliendo de fiesta, él memorizaba guiones, encadenaba jornadas interminables y descubría que la popularidad tiene una letra pequeña que nadie se molesta en explicar. “Aprendí más en un plató que en un colegio”, dijo. Una frase que suena a reivindicación pero también a despedida: la de una infancia que terminó antes de tiempo.

Aquel ritmo, que entonces parecía normal, hoy se mira con otro filtro. Ser famoso tan joven implica exponerse a miradas, a opiniones, a exigencias imposibles de gestionar con una mente todavía en construcción. En el caso de Casanova, esa aceleración vital dejó cicatrices silenciosas. Quizá por eso, años después, es tan insistente en señalar lo que la sociedad prefiere ignorar: la presión, la exigencia constante, el juicio fácil.

Eduardo Casanova presenta una nueva serie con crítica social 

Su sensibilidad estética, tan vinculada a los márgenes, podría entenderse también como un reflejo de ese crecimiento desigual. Mientras otros actores que empezaron de niños intentaron “encajar” a toda costa, él tomó otro camino: abrazó lo raro, lo incómodo, lo que no da likes. Tal vez porque él mismo se sintió así durante demasiado tiempo: diferente incluso cuando nadie lo veía.

Hoy, con más madurez y menos ingenuidad, Casanova habla de ese pasado sin rencor, pero tampoco con nostalgia. Sabe que esa adolescencia acelerada condicionó su manera de entender el arte y la vida. No es casual que sus películas estén llenas de personajes vulnerables, cuerpos no normativos y situaciones que incomodan. Él conoce de primera mano lo que significa vivir con la sensación de no pertenecer del todo.

Al final, detrás del polémico, del excéntrico, del provocador, sigue estando aquel niño que nunca tuvo tiempo para serlo. Y, de alguna manera, toda su obra parece un intento de contarnos precisamente eso.

Premis Goya 2023 catifa vermella Eduardo Casanova / Foto: Efe