Qué alegría. Los culés este lunes de enero estamos radiantes y enormemente satisfechos. Un nuevo título en el zurrón del Barça de Hansi Flick, que él sí que cumple aquello de que cuando juega una final, la gana, no como la milonga que nos han vendido históricamente del Real Madrid. Los aficionados azulgranas estamos exultantes porque volvemos a tener un título en nuestras vitrinas, porque hemos vuelto a ganar a los merengues en un Clásico, en una final, pero no solo por eso. Y es que la felicidad culé es doble: por un lado, por haber conseguido proclamarnos campeones de la Supercopa en la final disputada ayer en Arabia, pero por otro, porque los madridistas están satisfechos por el hecho de haber plantado cara y haber competido al Barça... Pues que sigan así, haciendo el ridículo y teniendo aspiraciones de perdedores, que se conformen con competir, que sigan confiando en Xabi Alonso y continúen sin jugar a nada, plantando el autobús, haciendo marcajes al hombre como un equipo pequeño y no repleto de estrellas. Y a mirar cómo el Barça levanta un nuevo título.
Un madridismo que demuestra que lo del señorío solo lo tienen cuando ganan. Encima del césped, con un juego barriobajero, lleno de faltas que el árbitro iba perdonando. Después, con el Barça ya campeón, con Mbappé diciendo a sus compañeros que nada de hacerle el pasillo al Barça como campeón, o con jugadores y entrenador menospreciando el trofeo, diciendo que perder la Supercopa no es importante y bla, bla, bla. Y después, en los platós de televisión donde se analizaba la nueva victoria culé, con intervenciones esperpénticas de algunos destacados madridistas que provocaron vergüenza ajena pasada la medianoche.
Por ejemplo, en El Chiringuito. El programa conducido por Josep Pedrerol ha sido un rosario de malas caras madridistas, de gestos y palabras que intentaban, como siempre, tapar la realidad: que el Barça de Flick, de Joan Garcia, de Raphinha, de Pedri o de Lamine Yamal les ha vuelto a pintar la cara. Precisamente las iras de la bancada madridista fueron dirigidas hacia el crack de Rocafonda, y en unos términos que incluso nos sorprendió a los que estamos acostumbrados a que enloquezcan cuando tienen que aceptar las derrotas merengues y las victorias culés. Porque poco nos pensábamos que para desviar la atención y sacar pecho en una noche como la de ayer, donde tenían que estar calladitos, saldría el tema de la selección española. Pero los José Luis Sánchez y Tomás Roncero de turno no dejan de sorprender.
José Luis Sánchez, un tipo cargado de veneno, que si se muerde la lengua, se envenena, dijo, sin venir a cuento, que Lamine dudó entre jugar con la selección de Marruecos o la española, y que eligió la Roja para ganar títulos. Jota Jordi salta: "¿Y Marcos Senna o Donato? Sentían mucho a la selección y tú les aplaudías. Lo que pasa es que es Lamine, y es del Barça, y a ti te molesta que hable catalán mejor que yo. Tú quieres que sea de Madrid, que sea castizo, que sea más españolista que todo el mundo. Pues no, Lamine es catalán, habla catalán perfecto y encima es del Barça, y en junio le tendrás que aplaudir, y esto te fastidia, y mucho". Y Sánchez sale con el tufillo rancio de siempre: "Tengo muy claro qué pone en mi DNI. Quiero que los jugadores que defiendan mi país, sientan mi país". Y Jota Jordi, sarcástico: "Mejor Carvajal, ¿no?", dice del amigo de Abascal. Interviene el que faltaba para el duro, un Tomás Roncero enloquecido, gritando: "Lamine es un soldado al servicio de Es-paña, y va a servir a Es-paña, y cada gol que meta hará grande a Es-paña", así, con aquella pausa patriótica entre sílabas, "un soldado a nuestro servicio, con un capitán, Carvajal, que le dice al soldado lo que tiene que hacer, que haga grande a Es-paña". ¿Y qué ponen de fondo?: banderitas rojigualdas y el "¡Que viva España!" de Manolo Escobar...
No se esconden, están enloquecidos. Que sigan así.
