Las monarquías europeas, aunque generalmente se presentan rodeadas de protocolos solemnes, joyas ancestrales y castillos dignos de cuentos de hadas, esconden en sus fundamentos historias mucho más complejas y oscuras de lo que sus retratos oficiales permiten ver. Entre estas leyendas históricas, destaca especialmente la conexión del actual monarca británico, Carlos III, con una figura emblemática y aterradora del pasado: Vlad Tepes, conocido como Vlad el Empalador.

Vlad Tepes fue un príncipe valaco del siglo XV, cuyo nombre y legado han quedado impregnados en la memoria histórica debido a sus atroces métodos de castigo y defensa de su reino, particularmente la práctica del empalamiento, que inspiró la creación literaria del personaje ficticio “Drácula” de la novela de Bram Stoker, publicada en 1987. Así, esta figura histórica se convirtió en sinónimo de crueldad extrema y una leyenda que fusiona hechos reales con mitos góticos.

La temida herencia de Vlad Tepes en el árbol genealógico real

Sin embargo, lejos de ser un simple mito, la relación entre ambos personajes está respaldada por registros de linajes y alianzas matrimoniales que entrelazan a la Casa de Windsor con la dinastía Drăculești. La conexión llega a través de la reina María de Teck, consorte del rey Jorge V y abuela de Isabel II, quien descendía directamente de la nobleza transilvana. Es fascinante cómo, a lo largo de dieciséis generaciones consecutivas, la sangre del controvertido “Drácula” ha llegado hasta el actual monarca británico, un dato que asombra tanto a expertos en genealogía como al público interesado en la historia y los secretos de la realeza. Ahora bien, esta profunda conexión no solo revela la complejidad de las raíces de la monarquía europea, sino que también añade un matiz inquietante a la narrativa histórica que rodea a Carlos III.

Un rey británico enamorado de Transilvania

Ese parentesco fue revelado públicamente en 1998, cuando el entonces príncipe Carlos visitó Rumanía y se encontró cara a cara con la documentación que lo unía al infame gobernante medieval. Desde entonces, el hoy rey no ha ocultado su fascinación por su herencia dinástica. Pero más allá de la anécdota, la relación de Carlos III con Transilvania se ha vuelto tan estrecha que raya en lo simbólico. En los últimos años, el padre de Guillermo y Harry ha adquirido propiedades históricas en la región rumana, como una casa del siglo XVIII en Viscri, promoviendo proyectos de conservación patrimonial, agricultura ecológica y turismo sostenible.

De hecho, el cariño local hacia el monarca británico alcanzó tal nivel que en 2017 fue reconocido con el título honorífico de “Príncipe de Transilvania”, un gesto que alimentó aún más la narrativa entre el rey inglés y el legado oscuro de Vlad Tepes. Así que, aunque pueda parecer increíble, Carlos III no evita ni oculta su vínculo con ese pasado sombrío y legendario. Al contrario, se sumerge en él con una mezcla de curiosidad y respeto, como si intentara descubrir secretos profundos y enigmas que permanecen escondidos. Es por eso que Carlos III ha hecho de Transilvania una especie de refugio personal, donde la historia y la leyenda se entrelazan de manera casi mágica. Este lugar, con su ambiente rural intacto y sus pintorescos pueblos, le ofrece un escape y una conexión con sus raíces, donde la frontera entre la realidad histórica y la ficción vampírica se vuelve difusa.