Julia Lüderwaldt, a partir de ahora la llamaremos Julia, ha sido la persona de la semana. Por fin las cámaras ponían cara a la terapeuta de la familia más rica de Catalunya, los Andic. Había tanta expectación que algunos creían que podía salir como imputada, pero es una testigo. Su imagen no ayuda a verla como una persona de fiar: gafas de sol oscuras, seria, no colegiada como psicóloga, y ahora según ha destapado El País se conocen otros VIPS que han pasado por su consulta de la calle Beethoven, cerca del Turó Park, donde reside precisamente Jonathan Andic, el investigado del caso, con su mujer y su hijo. Los nombres que se han sometido a sus métodos poco ortodoxos son familias tan conocidas como los Sánchez Vicario, los Urdangarin y una Borbón: la infanta Cristina.
El diario publica cómo la parte de la familia Urdangarin que vivía en Barcelona, incluidos Iñaki y Cristina, la contrataron como terapeuta para gestionar la presión del caso Nóos y el ingreso en prisión de Iñaki: "El caso de la familia de Iñaki Urdangarin y la infanta Cristina, a la que también intentó ayudar a su manera. Según ha explicado Lecturas Julia acudió en su auxilio tras el escándalo del caso Nóos, que estaba afectando a la viabilidad de su día a día en Barcelona y también a la vida de sus hijos. La mujer intentó concienciar a la familia para aceptar que Urdangarin iba a afrontar un proceso judicial por corrupción y que probablemente, como así ocurrió, tendría que pasar un tiempo en prisión. La infanta Cristina se sentó supuestamente en la consulta de Julia".
Los Sánchez Vicario, también residentes en la zona alta de Barcelona, cayeron en la consulta de esta ecuatoriano-alemana. Arantxa tuvo graves conflictos con sus padres, hermanos y con su marido: "Julia intervino para intentar mejorar la relación entre la extenista y su hermano Javier, sin que los implicados quedaran satisfechos". Este detalle es revelador, no les ayudó a reconciliarse, como ha sucedido entre padre e hijo Andic. En la consulta les recibía "con las paredes desnudas, sin ningún rótulo que anunciase que se trataba de un centro clínico, y sin títulos que acreditasen su formación, las terapias se pagaban entonces en efectivo. “La primera vez que fui con mis dos hijas, no sabía que nos cobraría por las tres y no llevaba suficiente dinero. Le dije que se lo daba cuando volviese. Amablemente, me propuso ir a casa y volver para pagarle”. La información deja a la terapeuta como una embaucadora.
