Lamine Yamal es uno de los jugadores más importantes del FC Barcelona en estos momentos. Un gran heredero del 10 de Messi en el club. A sus tan solo 15 años ya ha dado grandes alegrías y ha recibido varios premios y reconocimientos. Tiene por delante un futuro prometedor, y Joan Laporta espera que lo haga en el Barça. Ahora mismo es una de las piezas claves del equipo catalán.
Las personas de su entorno destacan que es una persona muy humilde y con grandes valores. En su infancia siempre ha estado al lado de su madre Sheila y su abuela Fátima.

El jugador del Barça se crió en el humilde barrio de Rocafonda, en Mataró, y pertenece a una familia trabajadora. Siempre le ha perseguido el racismo de algunos sectores. En el mundo del fútbol, algunos fanáticos y representantes políticos no ven con buenos ojos que alguien que no es español participe en los clubes. Sin embargo, Lamine es tan español como cualquier otra persona porque nació en Barcelona.
Lo mismo le sucede a su padre, Mounir Nasraoui, que siempre está envuelto en alguna polémica. Hace más de 30 años que llegó a España, siendo tan solo un bebé. Se podría decir que él también es español, por lo menos se considera como tal. Procedía de Tánger.
La mujer se llamaba Fátima, la abuela de Lamine Yamal, y padre de Mouir. Vivió durante unos años en Madrid, pero llegó a Barcelona, donde se instaló en Mataró, concretamente en el barrio de Rocafonda, donde vive en la actualidad. Aunque el jugador del Barça nació en Esplugues de Llobregat, pasó gran parte de su infancia en el barrio de Mataró. Con seis años se mudó a la Masía.
Mounir Nasraoui se ha peleado en varias ocasiones por defender sus derechos
El barrio al que Lamine Yamal dedica cada uno de sus goles tiene un peso simbólico notable en su ciudad y, por extensión, en buena parte de Cataluña. Situado en el extremo noroeste, su nombre aparece con frecuencia en debates políticos y mediáticos, a menudo envuelto en controversias. Determinados partidos lo mencionan como ejemplo de convivencia fallida, asociándolo a problemas sociales y a la presencia elevada de población extranjera, una narrativa que ha contribuido a reforzar estereotipos y tensiones.
Las cifras oficiales publicadas por el Ayuntamiento confirman que la mayor parte de sus residentes procede de otros países. Destaca especialmente la comunidad marroquí, que representa más de la mitad de los habitantes. Año tras año, el porcentaje de población migrante crece, al igual que la tasa de natalidad, lo que convierte al barrio en uno de los más jóvenes y dinámicos del municipio.
A lo largo del tiempo, algunas imágenes y titulares han puesto el foco en episodios de conflictividad: okupaciones, intervenciones policiales o presuntos vínculos con redes ilícitas. Sin embargo, quienes viven allí insisten en que esta visión parcial no refleja su día a día. Las asociaciones vecinales recuerdan que la realidad es mucho más compleja y que la mayoría de familias se esfuerzan en construir comunidad, apoyarse mutuamente y mejorar sus condiciones, aun cuando casi la mitad convive con riesgos económicos severos y con un estigma social persistente.
En este clima de opiniones enfrentadas, hubo un episodio que captó la atención mediática el año pasado: el padre de Lamine protagonizó un momento tenso ante una mesa informativa de Vox instalada en el barrio. Las imágenes, que circularon rápidamente, mostraban la discusión subida de tono, el lanzamiento de huevos y la rotura de carteles, convirtiendo la escena en motivo de debate público y reavivando la conversación sobre el barrio y su situación. “Tenemos que avanzar, ayudarnos, querernos, no separarnos. Mi madre ha cotizado aquí 50 años y mi abuelo fue militar aquí. No tienen derecho a decirme ‘Vete a tu país’, porque mi país es este”, dijo Mounir Nasraoui.
