Joaquín Sabina ha escrito cientos de canciones, ha llenado estadios y ha marcado a varias generaciones, pero cuando le preguntan por su tema favorito de los suyos, no duda ni un segundo. Siempre señala la misma. No es la más coreada, ni la más radiada, ni siquiera la más fácil de entender. Y es ahí donde empieza la paradoja que tanto le divierte y también le incomoda un poco.

Y es que ‘De purísima y oro’ es, para Sabina, una obra casi perfecta. Una canción llena de referencias, imágenes y palabras que remiten a otra época. Tan lejana, que el propio autor reconoce que tiene un problema serio: no puede cantarla en cualquier sitio. Hay países, e incluso generaciones enteras, que no conectan con ella porque no tienen esa memoria taurina, cultural y sentimental de los años 40.

Una canción que no viaja igual que las otras

La realidad es que ‘De purísima y oro’ no es una canción universal en el sentido clásico. No habla de amores simples ni de rupturas reconocibles en cualquier idioma. Habla de un mundo concreto, de una estética muy marcada y de un tiempo que ya no existe. Y Sabina lo sabe. Por eso admite, con una sonrisa torcida, que fuera de ciertos contextos la canción pierde fuerza.

Joaquín Sabina
Joaquín Sabina

Pero también tiene claro que ahí reside su valor. Porque cuando un artista escribe no solo piensa en emocionar al público anónimo, sino también en tocar a los suyos. A los que saben leer entre líneas. A los que entienden cada guiño sin necesidad de explicaciones.

El día que Serrat rompió a llorar

Y aquí aparece Joan Manuel Serrat. Sabina ha contado más de una vez que vio llorar con esta canción a dos personas que, según él, no lloran jamás. Uno fue Javier Krahe. El otro, Serrat. Dos gigantes de la letra, dos referentes absolutos de la canción en español, con una coraza emocional aparentemente indestructible. Que Serrat llorara escuchando ‘De purísima y oro’ no es un detalle menor. Para Sabina, ese momento justifica toda la canción. Da igual que no funcione en todos los países, da igual que no sea radiable ni exportable. Si logró emocionar a alguien como Serrat, el objetivo estaba más que cumplido.

Así pues, puede que ‘De purísima y oro’ tenga un gran defecto, como dice Sabina, pero también posee una virtud al alcance de muy pocas canciones: hacer llorar a quienes han enseñado a llorar a medio mundo. Y eso, defectuoso o no, vale muchísimo.