La casa de Marta López siempre ha sido su refugio, su carta de presentación y, para muchos, la prueba de que también existen historias que empiezan desde abajo y terminan en un salón con chimenea, piscina y vestidor de estrella. Una vivienda enorme, luminosa, con ese aire de “vida perfecta” que se enseña solo cuando una está orgullosa del camino recorrido. Pero, como suele pasar en estos casos, cuanto más se mira hacia dentro, más grietas aparecen. Y a Marta se le ha abierto una bien dolorosa.

Porque la colaboradora lleva tiempo moviendo su casa: que si la ponía en venta, que si la visitaba Alejandra Rubio, que si al final nada de nada… la vivienda terminó convertida en tema de tertulia, de pasillo y hasta de mofas. Y, mientras los platós debatían sobre si la hija de Terelu tenía dinero para comprar semejante mansión, nadie imaginaba que el verdadero problema lo tenía Marta dentro de sus propias cuatro paredes.
Marta López con problemas con los obreros
La historia parece de broma, pero no lo es. En medio de toda esta exposición pública, Marta decidió hacer una reforma mínima, un detalle sin importancia: cambiar un espejo. Un gesto sencillo, casi doméstico, que se hace sin pensarlo. Llamó a un profesional recomendado, como cualquiera haría, y adelantó el dinero para los materiales: 5.000 euros. No es calderilla, pero tampoco es una obra completa. Un trámite. Un “mañana paso a instalarlo”.
El hombre desapareció sin dejar rastro. Ni espejo, ni obra, ni materiales, ni explicaciones. Y ahí se rompió la burbuja. Porque no se trata solo del dinero: es la sensación de haber dejado entrar en tu casa a alguien que no lo merecía. Marta lo contó con rabia contenida: aquel hombre conoció a sus hijos, vio su casa, su intimidad, y aun así decidió aprovecharse. La estafa no fue económica; fue emocional. Y duele más cuando ocurre en un espacio que debería ser sagrado.
La ironía es evidente: una casa tan grande, tan fotografiada, tan comentada… y el problema no vino por una fuga en la piscina o una avería monumental, sino por una reforma minúscula que terminó convirtiéndose en una pesadilla burocrática. Ahora Marta tendrá que pasar por el juzgado, añadir otro capítulo a una historia que ya estaba desgastada de tanto ruido mediático.
Mientras tanto, su casa vuelve a ser noticia. Pero no por sus metros cuadrados, ni por su precio, ni por quién la quiere comprar. Esta vez, lo que la convierte en titular es la vulnerabilidad de su dueña. Porque detrás del casoplón hay una mujer que, como cualquiera, puede confiar en la persona equivocada y ver cómo su hogar, durante un instante, deja de ser un refugio para convertirse en una herida.
