B.F. Skinner fue un influyente psicólogo, filósofo y autor estadounidense, figura central del conductismo, conocido por desarrollar el condicionamiento operante, un modelo de aprendizaje que explica cómo el comportamiento es moldeado por las consecuencias a través de su famosa “caja de Skinner”. Se le identificó como un psicólogo conductista. Se interesó en cómo el comportamiento humano se forma por el ambiente, los refuerzos y los castigos, más que por factores internos como la voluntad y la personalidad.

Para él, la familia era una de las principales instituciones de control social. Enseña normas, refuerza conductas aceptables, desalienta conductas problemáticas y transmite valores y hábitos. Para Skinner, la familia pierde su función reguladora del comportamiento. Hay menos tiempo juntos, menos consistencia en normas y consecuencias, crianza delegada a escuelas, medios o instituciones, cambios sociales rápidos que superan las estructuras tradicionales.
B. F. Skinner afirmaba que el hecho más significativo de su tiempo era el creciente debilitamiento de la familia. Esta afirmación no debe entenderse como una simple crítica moral o una defensa nostálgica del pasado, sino como un diagnóstico profundo sobre el funcionamiento de la sociedad moderna. Desde la perspectiva conductista de Skinner, la familia cumple un papel fundamental en la formación del comportamiento humano, y su debilitamiento tiene consecuencias que se extienden mucho más allá del ámbito privado.
La familia ha sido históricamente el primer espacio donde el individuo aprende normas, valores y formas de interacción social. A través de la convivencia cotidiana, los niños interiorizan conductas aceptadas y rechazadas mediante refuerzos claros: aprobación, afecto, límites y consecuencias. Cuando esta estructura pierde estabilidad o coherencia, el proceso de aprendizaje social se vuelve fragmentado e inconsistente.
La familia como tal está cambiando y moldeando la conducta
Skinner consideraba este fenómeno especialmente significativo porque la pérdida de la función reguladora de la familia obliga a la sociedad a buscar otros mecanismos para controlar la conducta. En ausencia de normas claras y reforzamientos estables en el hogar, instituciones como la escuela, el Estado, los medios de comunicación o el mercado asumen ese rol, aunque de manera más impersonal y, muchas veces, menos eficaz. Esto puede generar una mayor dependencia de sistemas externos de control, como sanciones legales o presiones sociales, en lugar de una autorregulación aprendida desde la infancia.
Además, el debilitamiento de la familia contribuye a una sensación de desorientación conductual. Cuando los individuos no cuentan con marcos de referencia sólidos, se incrementa la probabilidad de conductas problemáticas, no necesariamente por falta de voluntad, sino por ausencia de aprendizajes consistentes. Desde esta óptica, muchos conflictos sociales no son fallas individuales, sino el resultado de entornos que no refuerzan adecuadamente conductas adaptativas.
Para Skinner, el problema no era que la familia cambiara —pues toda institución social está sujeta a transformación— sino que su función no fuera reemplazada de manera consciente y organizada. Si la familia deja de ser un agente eficaz de socialización, la sociedad debe diseñar nuevos entornos que cumplan esa función de forma deliberada, en lugar de dejarla al azar.
El debilitamiento de la familia no es un asunto privado, sino un fenómeno estructural que afecta directamente la manera en que una sociedad forma, regula y sostiene el comportamiento de sus miembros.
