Alicia en el País de las Maravillas es una historia Disney inolvidable en varias generaciones. Lo que nadie sabía es que este cuento fue inspirado por una niña real. Charles L. Dodgson, profesor de matemática, entabló relación con el decano de la universidad de Oxford, Henry G. Liddell, y de allí nació uno de los mundos más célebres de la literatura universal. Esa niña en la ficción era realmente Alice Liddlell, la hija del decano. Fue ella quien motivó a Dodgson, bajo el pseudónimo de Lewis Carroll a crear este universo de locura.

Dodgson pasó muchos días con la familia Liddlell y vio crecer a la pequeña entre aventuras y excursiones. Charles compartía con ella muchos momentos de lectura. Fue lo que inspiró a la Alicia de cuento. Según los archivos de Christ Church, las tres hermanas Liddell le acompañaban en sus excursiones por el Támesis, y siempre les explicaba historias fantasiosas en las que tenían que realizar acertijos, de esta forma conseguía que las niñas estuviesen atentas.
La niña Alice le pidió que escribiese la historia para poderla leer más veces
En una de esas excursión en barca, Lewis Carroll contó a la historia de Alicia a las tres hermanas. Las sumergió en un mundo de fantasía. Era una historia totalmente improvisada en el momento. Alice, su mejor oyente, se quedó enamorada de la historia y le pidió a Dodgson que la plasmase por escrito con tal de volverla a leer una y otra vez. Dos años más tarde, en noviembre de 1864, Dodgson le regaló un manuscrito encuadernado en cuero marrón oscuro, con ilustraciones hechas por él mismo, y la protagonista de la historia llevó su nombre, ‘Alicia en el País de las Maravillas’.
Fue a partir de ese manuscrito cuando revisó el texto y lo amplió, añadiendo nuevos capítulos, personajes e ilustraciones. En 1865, la editorial Macmillan & Co. publicó Alice’s Adventures in Wonderland. Eso sí, cabe señalar que la primera tirada fue retirada por defectos de impresión y la edición comercial definitiva se distribuyó en 1866.
La historia llegó lejos porque no era un simple cuento infantil, tenía un importante trasfondo. Era una sátira social que combinaba humor lógico con una imaginación desbordante. Su pasión por la matemáticas se vio plasmada con la lógica, el lenguaje y los juegos mentales, reflejando ese espíritu intelectual de la época victoriana.
Los lectores victorianos se quedaron sorprendidos con la novela por su mezcla de humor absurdo y lógica precisa. Las reseñas en medios como The Athenaeum o The Morning Post destacaban la originalidad del relato y la imaginación de Carroll, aunque pocos percibieron entonces la profundidad filosófica que el tiempo revelaría. Era considerada una obra divertida e ingeniosa. A día de hoy ya se ha convertido en todo un clásico de la razón y el absurdo.
