Cuando hablamos de Albert Einstein hablamos de genialidad, creatividad y talento extraordinario para descifrar los secretos del universo. Sin embargo, cuando se observa su vida personal con algo más de detalle, la imagen del científico admirado se vuelve mucho más áspera. Sobre sus relaciones de parejas, Einstein se mostraba muy complicado, obsesivo y desinteresado de las preocupaciones de sus parejas.

Albert Einstein Head
Albert Einstein Head

Su primer matrimonio con Mileva Marić, compañera de estudios en Zúrich, comenzó con una buena sintonía por el intelecto de ambos. Ella era una mujer brillante, formada en física y matemáticas, y durante los primeros años ambos compartían largas conversaciones sobre teoría, experimentos y lecturas. Ese vínculo, que en principio parecía sólido, empezó a quebrarse cuando las exigencias académicas y la ambición de Einstein ocuparon el centro de su vida. La dedicación casi absoluta a su trabajo lo llevó a descuidar por completo la vida doméstica. Decían que era “maniático, distante y autoritario en el matrimonio”.

Einsten no cumplía con las expectativas de sus parejas 

Con el tiempo surgió una tensión constante. Mileva se ocupaba de la casa, de los hijos y del día a día, mientras él se refugiaba en cálculos, notas y jornadas interminables de estudio. A medida que su prestigio crecía, su trato se volvió más frío. Hay testimonios que describen un Einstein maniático con el orden y las rutinas, poco afectuoso y exigente hasta el extremo. Algunas veces imponía reglas estrictas sobre la convivencia, desde tareas concretas hasta pactos que parecían más laborales que matrimoniales. Todo ello terminó por desgastar una relación que ya estaba fracturada.

La separación llegó primero como distancia emocional y después como un acuerdo formal, que culminó en un divorcio que dejó huella en ambos. La famosa cláusula que daba a Mileva el dinero de un eventual premio Nobel revela lo deteriorada que estaba la situación y la necesidad de garantizar su estabilidad y la de sus hijos.

Einstein volvió a casarse con Elsa Löwenthal, una prima con la que estableció una convivencia más práctica que romántica. Aunque ella lo acompañó en sus años de mayor renombre, su relación tampoco estuvo libre de sombras: él mantenía una actitud distante, con frecuentes ausencias y escasa implicación emocional.

Mirado desde fuera, resulta evidente que el hombre capaz de imaginar una nueva forma de entender el tiempo y el espacio tenía, paradójicamente, enormes dificultades para sostener relaciones afectivas saludables. Como marido, fue exigente, rígido y, según quienes lo conocieron de cerca, casi imposible de soportar.

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