La frase de Pitágoras “Educad a los niños, y no será necesario castigar a los hombres” atraviesa los siglos con una lucidez que incomoda. No porque sea difícil de entender, sino precisamente porque es demasiado clara. En pocas palabras, el filósofo señala una verdad que muchas sociedades prefieren ignorar: el castigo es casi siempre el síntoma de un fracaso previo, y ese fracaso suele tener nombre y apellido: una educación deficiente o inexistente.

Educar no significa simplemente transmitir conocimientos o llenar cabezas de datos. Educar es formar personas. Es enseñar a convivir, a respetar límites, a comprender que los actos tienen consecuencias y que el otro existe. Cuando esa tarea se descuida en la infancia, el problema no desaparece: solo se aplaza. Y reaparece más tarde, cuando ya no hablamos de niños, sino de adultos a los que intentamos corregir a golpe de norma, multa o castigo.

pitágoras
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Pitágoras entendía que el carácter se construye desde la niñez. Un niño que aprende a gestionar la frustración no necesitará imponer su fuerza sobre los demás. Un niño que crece en un entorno donde se le enseña el valor del respeto difícilmente necesitará ser reprimido constantemente en la adultez. La educación actúa desde dentro; el castigo, en cambio, solo puede hacerlo desde fuera, y casi siempre llega tarde.

Hay que educar desde niños para que los adultos sean buenas personas 

Las sociedades que confían exclusivamente en el castigo suelen ser las mismas que han fallado en educar. Cárceles llenas, leyes cada vez más duras, sistemas de vigilancia constantes: todo eso no habla de orden, sino de carencia. Cuando una comunidad necesita controlar permanentemente a sus miembros, es porque no ha logrado que interioricen normas básicas de convivencia. El castigo se convierte entonces en un parche, no en una solución.

Educar bien es un proceso lento, paciente y poco espectacular. No genera titulares inmediatos ni resultados rápidos. Requiere inversión, tiempo y coherencia. Castigar, en cambio, es visible, inmediato y tranquilizador: da la sensación de que se está haciendo algo. Pero esa sensación es engañosa. El castigo puede frenar una conducta puntual, pero rara vez transforma a la persona que la comete.

La frase de Pitágoras también encierra una advertencia ética. Castigar adultos sin haber educado antes a los niños es, en cierto modo, una forma de injusticia. Es exigir responsabilidad a quien no fue preparado para ejercerla plenamente. No se trata de justificar errores, sino de comprender su origen.

Más de dos mil años después, seguimos enfrentando el mismo dilema. Apostar por la educación es apostar por el largo plazo, por la prevención y por la confianza en el ser humano. Apostar solo por el castigo es resignarse a apagar incendios sin preguntarse por qué se repiten.

Pitágoras no hablaba solo de niños y hombres; hablaba de futuro. Y su mensaje sigue siendo incómodamente actual: si queremos menos castigos, necesitamos más educación. No después, no como complemento, sino desde el principio.